Las últimas chicas del Femenino


Me hizo gracia el otro día una noticia de mi compañero Pablo Portabales que decía que la plaza de Pontevedra se quedaba sin chuches y enseguida me puse en la piel de esos chicos del instituto que ahora verán sus recreos mucho menos dulces. La memoria se me acarameló, claro, cuando pensé en la cantidad de pipas que comí yo en las emblemáticas escaleras de ese edificio histórico que preside la plaza. Y la cantidad de cigarrillos sueltos que se cogían en aquel quiosco que estaba pegado al instituto en la calle Modesta Goicouría. En unos años en que lo más excitante que te podía pasar, además de comprar cigarrillos sueltos, era saltarte las clases para ir a jugar al tute en La Internacional 2 de Rubine.

En los años ochenta también nos tocaron las huelgas indefinidas del Cojo Manteca, vimos la nieve por primera vez en Coruña cubriendo la playa de Riazor y nos pusimos a darle a las melenas como locas con el Final Countdown de Europe. En el curso 85-86 entraron en aquel instituto las últimas chicas. Entró la última promoción del Femenino, las últimas que le dimos nombre a esa institución estudiantil que todavía sigue llamándose así, aunque al año siguiente se hiciese mixto para siempre.

Con aquel grupo de niñas que entramos con 14 años en el 85 y salimos con 18 en el 89 desapareció también un tiempo de leyendas, de la gente que nos dio clase entonces, y las leyendas que venían heredadas de décadas de tradición. De dura formación, de exigencia, de disciplina, de trabajo y de mucho esfuerzo. Un rigor que, visto con los ojos de hoy, ya lo digo aquí, era verdad. Las chicas del Femenino de los ochenta estudiamos mucho, pero mucho mucho, y nos reímos también lo nuestro en aquellas aulas masificadas que se nombraban con letras de la A a la H.

En esas escaleras de mármol y en ese suelo que crujía y rebotaba el sonido de la historia que puede con todo, crecimos. En las clases de dibujo de Felipe Criado, en las maravillosas de Literatura de Carmen Romero y de María Teresa Taboada, en las de Ciencias de Roel; en las de Lingua Galega de Charo Soto (yo era de Letras)...

Y en la de todos aquellos profesores que en la memoria solo guardan un apodo que todas llevamos en el recuerdo y del que nos sabemos cómplices, pero no reproduciré.

Las últimas chicas del Eusebio da Guarda nos fuimos los viernes de guateque, nos echamos tierras de Egipto, nos hicimos la permanente y nos planchamos el pelo ¡con la plancha! Y como todas las adolescentes que viven en un vaivén nos unimos en un tiempo de incertidumbre en que también se falsificaban notas, se lataba y se lloraba a moco tendido. Fue un tiempo imperfecto que nos marcó, sin duda, a todas nosotras como mujeres fuertes. Ese fue el mejor adjetivo que nos hizo sacar a la luz el Femenino.

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