Los códigos éticos los carga el diablo

Compete a la Marea Atlántica y a la concejala Claudia Delso decidir qué talla moral tiene su código ético

RUEDA DE PRENSA DE CLAUDIA DELSO. CONCEJALA DE LA MAREA
RUEDA DE PRENSA DE CLAUDIA DELSO. CONCEJALA DE LA MAREA

A Coruña / La Voz

Abundan los ejemplos en nuestro país de políticos que, protegidos por sus partidos, se han resistido con uñas y dientes a dejar el cargo después de una imputación judicial (ahora investigación), lo que ha convertido numerosos códigos éticos en papel mojado. Muchos de esos códigos prometen soluciones ejemplares con las ovejas descarriadas, con la misma convicción que estas luchan por perpetuarse en el rebaño.

Con suma facilidad se apela a la ética en política y desde ese prisma se construyen estos textos, que nacen casi siempre con fines propagandísticos bajo el disfraz de la deontología. Los partidos esgrimen como adalides del juego limpio sus reglamentos de moral, con los que dan lecciones de pureza que habrían firmado Kant o Sócrates. Y así sucede también con el de la Marea Atlántica, impoluto en su apartado número 3, «Fóra privilexios». Dice así:

«Os cargos electos (...), así como o persoal de confianza e cargos directivos, (...) comprométense a renunciar de forma inmediata ante a imputación xudicial de delitos relacionados con corrupción, prevaricación, tráfico de influencias, enriquecemento inxusto con recursos públicos ou privados, suborno e malversación e apropiación de fondos públicos, sexa por interese propio ou para favorecer a terceiras persoas».

Entonces, ante la imputación de Claudia Delso por la titular del Juzgado de Instrucción número 8, que ha decidido investigar los indicios de presunta prevaricación que denuncia la Fiscalía, compete a la Marea Atlántica y a la propia concejala decidir qué talla moral tiene su código ético y en qué momento se convierte en papel mojado. Los códigos éticos los carga el diablo y, esclavos de grandilocuentes promesas, los paladines de la verdad suelen quedar retratados y contra las cuerdas. Pero no pasa nada, claro. Como casi siempre. Otros se han visto antes en este trance y lo han superado retorciendo la palabra escrita y buscando la manera de justificarla. La norma se desprestigia, pero el gobernante se salvad de la quema. Y en eso la nueva política es exactamente igual que la tradicional: «Estou contenta de poder ter esa declaración [ante la jueza] e que por fin podamos aclarar todo o que haxa que aclarar». ¿Les suena la frase? Es la que llevamos escuchando toda la vida, repetida hasta la saciedad.

Sentémonos, pues, a presenciar otro espectáculo de la vieja política. Y mientras aguardamos con paciencia para comprobar si lo que no logra activar el código ético lo pone en marcha el Código Penal, siempre podremos aliviar la espera con el humor eterno de Groucho Marx, que ya hace muchos años explicaba todo esto de maravilla: «Estos son mis principios. Si no le gustan, tengo otros».

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