Cuando un nieto adopta a un abuelo

Tres mayores de una residencia de A Zapateira y seis jóvenes participan en esta pionera iniciativa

A. A.
a coruña / la voz

Manuel Gantes lleva tres meses ocupando la habitación 101 de la residencia Orpea, en A Zapateira. Cuenta que, cuando le llegó la propuesta, «costó que me convenciesen», pero ahora tiene dos nietos que le han apadrinado. No llevan su sangre, pero ya forman parte de su vida y compartirán tiempo con él. Son Candela Ramos y Patrick García, dos de los seis jóvenes que habitan en A Coruña y aceptaron unirse al proyecto Adopta un abuelo, con presencia en 45 ciudades españolas y que, en el caso de Galicia, asentó hace semanas su experiencia piloto en la ciudad.

Alberto Cabanes, el impulsor de la idea, vivió la misma experiencia años atrás en un hogar para ancianos en Ciudad Real. Allí, en la misma habitación donde estaba su abuelo, conoció a Bernardo Cea, el otro inquilino con el que, tiempo después, forjó una amistad inquebrantable que derivó en esta cadena solidaria a la que intentaron embarcarse 139 coruñeses. Pero el filtro es exigente: «Los jóvenes que participan no deben aceptar su dinero, así como tampoco es idóneo que traten temas conflictivos con ellos y debe respetarse su espacio».

Ese código aboga por la lógica, pero crear una sintonía entre dos personas puede llegar a ser tan maravilloso que, en Madrid, un anciano que simpatizaba con el régimen franquista estableció una conexión especial con una nieta en sus antípodas ideológicas. Así que nunca está todo escrito. El resultado es un patrimonio abstracto y mutuo. «Son maestros de vida. Por eso debe rendirse tributo a la figura del mayor. Y ellos, a la vez, reconocen que aún pueden aprender muchas cosas», razona Cabanes.

Nuevas familias

Manuel, a sus 76 años, rememora su pasado en Radio Nacional de España (RNE). Nació en Melilla porque su padre era militar, pero a los diez años vino a A Coruña y ya no se fue. Dedicó toda su vida a los medios de comunicación trabajando como técnico de sonido. Tres ictus cerebrales y la pérdida de visión en un ojo no han podido con su ánimo. Habla de forma vivaz, con un punto de retranca que se agudiza al hablar de las actividades que se organizan en la residencia: «Hacen una sesión vermú, pero solo hay Fanta. Y cuando se juega al Pasapalabra, no se hace bote».

A su lado, Candela y Patrick escuchan a su nuevo abuelo en el primer día de contacto entre los tres. La primera aludía a la importancia del contacto humano en comparación con la creencia de que, en las redes sociales, todo el mundo está conectado entre sí. «No soy fan de usarlas, porque no creo que reflejen la realidad», contesta. Patrick es hijo de la globalización: su padre es gallego, su madre es portuguesa y él nació en Suiza.

Programa espontáneo

No es su primera experiencia en el campo de la ayuda social. «Estuve de Erasmus en Rumanía y ya trabajé haciendo un voluntariado con niños en Iasi», cuenta. Ambos sonreían y espaciaban sus preguntas a Manuel en el tanteo inicial, no siempre sencillo. En su charla previa, Cabanes mostraba su esperanza de que, al acabar la campaña, «los nietos y abuelos de adopción sigan vinculados».

Manuel, que viajó por toda la Península por trabajo se queda «con el norte» como su lugar predilecto, parecía dejar algunas pistas a Candela y Patrick. «A mí me gusta mucho ir a Portugal, por el bacalao», decía. Pero en la habitación, decorada con cuadros de películas de Buñuel y Berlanga, viajaba al pasado para rememorar la última vez que fue al cine: fue en la ya extinta sala Riazor, con Kevin Costner bailando con lobos.

Talleres de inclusión en la Fundación María José Jove

Los residentes del Centro de Día de la Sagrada Familia y el Hogar Lar participan en un Obradoiro de Danza

En la primera planta de la Fundación María José Jove, Susana danzaba con uno de sus tutores en el Obradoiro de Danza que realizan con residentes del Centro de Día de la Sagrada Familia y el Hogar Lar. Ella decía sentirse «como una niña con zapatos nuevos». Lo explicaba su acompañante, el coreógrafo Javier Martín: «Susana trabajó toda su vida en la conocida Sastrería París, de Santiago. Y si el día acababa bien, todos bailaban un pasodoble en la fábrica». 

Arte para motivar

Que el arte es un poderoso elemento de inspiración para emociones y memoria es lo que llevó a varios de los miembros de la Compañía Taiat Dansa a embarcarse en esta aventura intergeneracional: un grupo de voluntarios les ayudó durante las últimas semanas para que, junto a los residentes, se inspiren en pinturas expuestas en la Fundación y en las propias experiencias personales de ellos mismos para moverse y bailar. Tras el ensayo general, Martín explicaba qué sentían profesores y alumnos: «Es un patrimonio de lo sutil, que no se recoge en textos». 

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