La inclusión también se sirve en una taza de café

Cuatro jóvenes reciben formación en Down Coruña para acceder al mercado laboral

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La inclusión también se sirve en una taza de café Cuatro jóvenes reciben formación en Down Coruña para acceder al mercado laboral
A. A.
a coruña / la voz

«A mí me gustaría tener un empleo. Tener un futuro», determina Daniel Crespo. Su anhelo es el de muchos, pero a él le toca lidiar con los clichés de la sociedad por tener síndrome de Down. Desde hace un mes, junto a otros tres compañeros, recibe formación como barista en la asociación Down Coruña, donde el hostelero coruñés Raúl Vázquez les da clase los lunes y jueves de cada semana. En el aula, todo huele a café. A grano llegado de Kenia, Guatemala y Colombia. Ellos distinguen bien su sabor. «Podrían trabajar en un laboratorio haciendo catas y poniéndoles nota, porque los cazan al vuelo», avisa Raúl.

Y su entusiasmo es extensible al de los alumnos. La idea de crear una academia de formación para baristas germinó en el 2010 en colaboración con una marca del gremio, y le llevó por toda la Península. Pero ahora juega en casa y con un aliciente extra: ayudar a que los pupilos de esta promoción se integren en el mercado laboral. En la pizarra, están anotadas las diferencias entre los cafés solo, cortado, americano y con leche. Pero solo es una hoja de ruta. «La gente puede pensar lo que quiera. A ellos no hay que repetirles las cosas 40 veces», cuenta el profesor. 

Futuros profesionales

Mientras se turnan para trabajar con la máquina, Beatriz Sabio, la única chica del grupo, espolvorea un sobre de azúcar sobre su café. «A mí me gusta así», dice risueña. Daniel González, más tímido, incluso ofrecía servicialmente una taza a los recién llegados. De no ser por el contexto, aquello pasaría perfectamente por una cafetería. Y algunos de ellos, como Pedro Barreiro, vislumbra un horizonte donde él sea el dueño de su destino: «Quiero montar un negocio, para ganar dinero y no estar en el paro. Y además, vivir solo y tener hijos». Ya baraja un nombre, con ciertas reminiscencias norteamericanas: Los Pedro’s.

En ese sentido, Daniel Crespo, que invierte dos horas y media cada día de clase para ir y venir desde Betanzos, también piensa qué pondría en el neón de su establecimiento: «Se llamará Café Empleo». A él le gusta hacer los cafés, pero no tomarlos. Junto a Raúl, controla el chorro de leche que sale de la máquina mientras controla el tiempo de vertido. Un profano en la materia podría verlo sencillo, pero cada detalle tiene su ciencia.

«Cada semana se llevan deberes a casa», detalla Raúl. Varias empresas le ayudaron en su proyecto cediéndole material, pero la otra pata de la iniciativa pasa por desterrar la idea de que ellos no son autónomos. «Hay demasiada sobreprotección», lamenta Vázquez, que sí supervisa pero no quiere intervenir en la totalidad del proceso. «Ellos aún pueden aprender a dibujar mejor en la espuma del café, y también a calibrar la temperatura de la leche, pero toman sus decisiones», determina.

El curso acabará aproximadamente en mayo. Y Raúl, con pasado como soldado y cocinero en el Ejército, ya se mueve en las trincheras de las administraciones públicas para lograr que, en torno a junio, le ayuden a encontrar un local en A Coruña para que sus cuatro discípulos salten al terreno y pongan a prueba su capacidad para, en un plazo no muy lejano, ser independientes.

Bea deja caer la posibilidad de asociarse con una empresa de café para montar un bar. Pedro, jaleado por sus compañeros mientras recibía instrucciones de Raúl ante la máquina, bromeaba al pensar en su nombre bautizando uno. Y no lo ve improbable: «¿Por qué no? Somos personas».

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