Emilio Quesada: «Casa Enrique fue el ateneo donde se reunía la intelectualidad coruñesa»

El abogado y periodista acaba de publicar un libro donde recoge la historia de la añorada taberna


A Coruña / La Voz

En la calle Compostela, donde está ahora la joyería Tous, había una taberna de esas que ya no quedan. Casa Enrique, fundada en 1930, cerró sus puertas en el año 2006 dejando huérfanos a un sinfín de clientes que habían encontrado en este local un segundo hogar en el que, alrededor de unos vinos, formar unas tertulias en las que se dieron cita los más destacados artistas que pasaron por A Coruña. El abogado y periodista Emilio Quesada, veterano superviviente del Enrique, acaba de publicar un libro que recoge la historia de este añorado templo, titulado Casa Enrique, nuestra taberna.

-La historia del Enrique es casi la historia de la propia ciudad.

-Al menos una parte muy entrañable y muy interesante, porque la taberna estuvo abierta durante 76 años, y durante los años 50 y 60 fue el auténtico ateneo donde se reunía la intelectualidad coruñesa. Era frecuente ver por allí a Urbano Lugrís, a Villar Chao, a Labra, a Mariano Tudela, a Avilés de Taramancos… Incluso venía con mucha frecuencia desde Mondoñedo Álvaro Cunqueiro, a contar sus batallitas. Éramos una peña homogénea, en el sentido de que todos amábamos la cultura, pero muy dispar en términos ideológicos. Pero las ideologías jamás rompieron el ambiente. Había una especie de pacto tácito de tolerancia y de libertad. Se hablaba de todo, y sobre todo se escuchaba mucho y con mucha atención. Allí nunca se interrumpía a nadie.

-Pero en origen no era más que una taberna.

-Enrique Pérez Erol, el fundador, jamás soñó semejante cosa cuando la abrió en el año 30. La abrió ahí, en la calle Compostela, porque estaba el Castromil, lo que suponía un importante foco de clientela. Ten en cuenta que en aquel entonces ni siquiera estaba edificado todo el Ensanche. Y la gente que residía por allí era alta burguesía que no solía frecuentar las tabernas, sino que era más bien de cafés.

-¿Y cuándo se convirtió en ese ateneo intelectual?

-Un buen día aparecieron por allí los jugadores de un equipo de hockey sobre ruedas, que le decíamos entonces, que había fundado un catalán que estaba haciendo el servicio militar aquí. Entre los jugadores estaba Lago Rivera, el hermano del famoso pintor. Este trajo a su hermano, quien a su vez trajo hasta el Enrique a Labra. Labra trajo a Lugrís, Lugrís a Tudela, Tudela a Villar Chao… Así fue funcionando el carrusel hasta montar el cuadro completo.

-¿Hubo relevo generacional de aquellas tertulias?

-En los años ochenta hubo otro grupo de tertulia muy importante, el de los nuevos pintores, con Xoti de Luis, Correa Corredoira, Chelín, el escultor Mon Vasco, el escritor Manuel Rivas… Esa generación, los que sobrevivieron, fueron hasta el final, hasta el 2006, clientes asiduos del Enrique.

-¿Y usted desde cuándo era cliente?

-Yo empecé a ir cuando estudiaba Derecho, sobre el año 50 o 51. Me encantó el ambiente desde el primer día. Sobre todo, por las novedades que allí encontrabas. Todo un saber que yo ignoraba, pues no me lo habían enseñado en mi bachillerato de los Maristas. Como quién era Miguel Hernández, qué era la nouvelle vague francesa o el neorrealismo italiano. Allí aprendías de poesía, de cine, de teatro de vanguardia… Era muy interesante, a mí se me abrió un mundo nuevo.

-Poco cambió Casa Enrique con el paso de los años.

-Cambiaron los dueños, pero la clientela siguió siempre muy fiel. Con el tiempo lo que sí que cambió fue el gusto, porque del vino se pasó a la cerveza. En los últimos tiempos ganaba la cerveza por goleada. Supongo que porque trae más cantidad, es más barata y, por otro lado, no sabe nada mal.

Un manchego «impresionante». Lo de Casa Enrique era más ambiente que otra cosa: «Allí no ibas a comer, no había tapas de cocina, tan solo pinchos: sardinas, lomo, chorizo... Y un queso manchego impresionante, eso sí», recuerda Emilio Quesada.

«Nos seguimos juntando para comer tres veces al año un grupo de supervivientes»

En Casa Enrique se cruzaron profesionales de todo tipo, artistas, funcionarios y gentes de todas las edades conformando una parroquia heterogénea pero muy bien avenida: «Era una mezcla de generaciones muy interesante, porque los mayores aprendíamos de esa juventud, era como savia nueva para nosotros; mientras que los jóvenes se nutrían de nuestra experiencia», explica Emilio Quesada.

-¿Cómo les sentó a los habituales la noticia del cierre en el 2006?

-Se aceptó porque era algo que se veía venir. Era lógico, se acababa el contrato de arrendamiento y no había más prórrogas, y hacer un contrato nuevo traería una renta disparatada, seguramente. Tous había ofrecido una indemnización por pronto desalojo y Santiago Naya y su mujer, que estaban entonces al frente del Enrique, estaban ya en edad de jubilarse, con los hijos trabajando. Así que no había motivo para continuar, y aprovecharon la ocasión. Todos lo sentimos mucho, eso sí. Y nos dimos una gran despedida. Con cien comensales que fuimos al Mesón de Pastoriza. Comimos, nos dijimos adiós, y volvimos a casa muy tristes porque nos dimos cuenta de que habíamos escrito la última página de una historia muy bonita.

-¿Se trasladó la tertulia a alguna otra taberna?

-No, no hubo relevo. La tertulia se disolvió. Hubo una diáspora, cada uno se fue por su lado. Eso sí, queda un grupo que nos reunimos tres veces al año para celebrar las tres comidas clásicas que hacíamos como la peña del Enrique: el cocido, que es por estas fechas; la laconada en febrero, y la cabritada en julio. Eso lo seguimos haciendo unos quince o veinte clientes. Los supervivientes del Enrique.

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