La vida en la carretera de las rederas gallegas

El muelle coruñés es una de las paradas de un grupo de malpicanas que trabajan por encargo

C. A.
a coruña / la voz

Cuenta Chus Otero que, a veces, reciben las llamadas del armador a las siete de la mañana. Otras, a las tres, durante la madrugada. «Trastócanche o sono», explica, mientras maneja la aguja. «E rómpenche a cabeza», matiza entre risas Mercedes Martelo.

Ambas integran un grupo de ocho rederas que acuden desde Malpica para trabajar en el puerto de A Coruña por encargo. Viven sobre el asfalto, porque la ruta también las lleva a Camariñas o a Portosín. Se costean el combustible y las dietas hasta recibir los cobros. Antes, ellas eran más y también sobraban los pedidos. «Hai anos había case 40 persoas traballando disto na nosa vila. No cerco agora quedamos 15», reflexiona Chus. Habla sentada sobre un tablón de madera de un grosor de apenas cinco centímetros, sin respaldo. Y en esta ocasión, a cubierto en una nave, aunque no siempre es así.

Carlos Pose, hijo de Mercedes, ha sido quien las ha reclutado hoy. Detalla: «Hai armadores que non dispoñen dunha nave e, se rompen a rede, elas teñen que estar fóra». También para acortar tiempo cuando hay una avería en el mar. Es una de las diversas problemáticas que afronta un oficio que languidece, pero aún indispensable. «A xente que ven tras de min terá contratempos para reparar as redes», analiza Carlos, «porque o que elas fan en un día, eu faríao en tres».

Su sobrina, de cuatro años, juguetea sobre varios aparejos en proceso de remiendo. «Gústalle estar coa agulla, pero é moi nova e non entende tódalas cousas que fai a avoa», cuenta. A Mercedes, la veterana del grupo, le resta un año para jubilarse. Cumplirá 66 en el 2019 y Carlos percibe sentimientos encontrados, porque «ten gañas de rematar, pero botará de menos o día a día».

Algunas de sus compañeras, más jóvenes, pelean ahora por el coeficiente reductor para alcanzar la jubilación anticipada. Vislumbran lograrlo en el 2020, pero queda mucho por hacer en otras áreas. Como por ejemplo, en lo referido a los pagos: antes, los tratos se cerraban de palabra; ahora, emiten albaranes. Y el futuro también preocupa. «As miñas fillas non queren saber nada disto», refunfuña Isabel Domínguez. Ríe al explicar que sí lo hacen «para saber se xa cobramos».

En cierta manera, mucho pasa por ganarse a las próximas generaciones. Hace un mes, saltaron a YouTube presentando una serie de tutoriales porque intuyen la importancia de difundir su actividad. A Mercedes, que da cursos para obtener la acreditación profesional de redera, la citaron en la Bretaña francesa para ver cómo trabaja. Isabel dio charlas en un colegio de Ponteceso. «Alí, os rapaces preguntábanme se estaba ben pagada», desvela.

Pero aún les cuesta hacerse visibles, y Carlos incide en que son un eslabón clave de la cadena: «Son necesarias, porque se para esta actividade, repercute noutras». Chus, cuyos dedos se mueven a una velocidad de vértigo mientras habla, resuelve qué es lo que más ansían en su trabajo: «Queremos que nos valoren».

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