Al final parece que las pintadas sí importan


Hace ya tiempo escribí aquí sobre la pena que me producía pasar por delante de la Casa Escudero de Juan Flórez y ver cómo algunos impresentables habían pintado allí sus desahogos particulares. Aquel día me llegó un wasap de un amigo, advirtiéndome que ya parecía «un viejo cascarrabias» quejándome de las pintadas, pretendiendo ridiculizar mi lamento. Le contesté que no sabía si comprar un espray y salir a pintar un edificio catalogado para sentirme más joven. Quizá incluso desaparecerían las canas que empiezan a brotar en mi cabellera.

Son cosas de esas que están ahí, que nada tienen que ver con la normalidad pero que se asumen como tal. Y el que se queje es un carca, un facha o un amargado. O las tres cosas a la vez. En el Ayuntamiento de A Coruña hasta hace poco se consideraba el tema como algo «mundano». Si un periodista le preguntaba directamente al alcalde por ello este le decía que venía de temas de «alta política», minusvalorando el interrogante que, se ve, era de la «baja política». Como lo de mi amigo, pero en versión canutazo periodístico.

Sin embargo, en este caso existían unas dobleces bastante bochornosas. En esta ciudad, ensuciada de cabo a rabo por esas pintadas sobre las que no se actúa, se hacía una excepción. Con medios municipales se activaba un borrado exprés y selectivo de aquellas que criticaban a la Marea Atlántica en general o a los concejales que dicha formación política tiene en el gobierno local. Ello no solo en edificios públicos, sino también en privados. De hecho, con diferentes variantes, no era raro escuchar bromas tipo: «¿Quieres que pinten tu casa? Pues haz una pintada negativa de la Marea y el Ayuntamiento lo hace en 24 horas».

Ahora, de repente y con las elecciones a la vista, el gobierno local parece que ha querido descender a esa política a ras de suelo donde se debaten los temas mundanos. A saber: baches en la calzada, jardines destrozados, suciedad en las calles o, sí, las pintadas. Sobre estas anuncia «un plan integral», con un procedimiento sancionador «de entidade» y colaborando con la Policía Local y expertos en criminología. Es decir, tomándose el tema en serio, más allá de la eterna disculpa del problema heredado, del «hay que educar» y, en último caso, de ponerse a ridiculizar a quien señala con el dedo algo tanto feo como eso.

Bienvenida sea la medida porque, de tener éxito, será en beneficio de todos. Si en Nueva York, cuna del grafiti, se ha logrado atajar el tema, aquí también se podrá, ¿no? Ya puestos, en este alarde de sentido común, podrían prohibir que un jardín botánico del siglo XIX como es Méndez Núñez sea la sede fija de la cochambre del botellón. Aunque, a lo mejor, ese también es otro tema de baja política que necesita una vuelta para valorar su importancia.

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