Galerías, la vanguardia abandonada

La tipología arquitectónica desarrollada en A Coruña y Ferrol se desvanece fuera de los grandes conjuntos


a coruña / la voz

La protección sobre el papel de las galerías tradicionales no resiste un paseo por los vericuetos del Orzán. El excepcional paisaje de madera y cristal que alumbró hace dos siglos la arquitectura popular se desvanece silenciosamente detrás de las redes de seguridad que cuelgan sobre las fachadas como telones. El Ayuntamiento ha negado los datos sobre subvenciones, importe y actuaciones de conservación realizadas en los últimos años. «Es difícil hacer una valoración del estado en que se encuentran porque hay muchísimas. Los propietarios están obligados a conservarlas, pero necesitan programas de ayudas bien gestionadas. Y en la Ciudad Vieja y Pescadería la mayoría es gente mayor con pocos recursos», subraya el arquitecto y director de la escuela de A Zapateira Fernando Agrasar.

El origen de las galerías, o cómo la burguesía decimonónica incorpora al lenguaje urbano elementos populares y de la industria naval ferrolana -no sin reparos: Emilia Pardo Bazán, de gustos afrancesados, será una de sus detractoras-, saltó esta semana a la actualidad al hilo de la publicación de un libro de Rem Koolhas (Elements of architecture, Taschen, 2018) que apunta a la galería como embrión del uso sistemático de la doble fachada. El arquitecto holandés reivindica esta tecnología vernácula nacida de la combinación del cierre de madera y cristal (máximo soleamiento y mínima resistencia al agua) y el muro de piedra que la separa del resto de la vivienda, retiene el calor y lo expulsa durante el día en un prodigio de sostenibilidad y regulamiento térmico.

Poco más de un siglo, suficiente para crear la imagen de la ciudad moderna, se mantuvo la construcción de las galerías en A Coruña. «A chegada do formigón armado propiciou a súa desaparición a partir de 1920 ou 1930 e as normativas de habitabilidade rematárona, pois as habitacións debían ventilar directamente á rúa, sen espazos intermedios», relata el arquitecto Xosé Lois Martínez, que detalla «os grandes desastres» cometidos en «vinte anos de desarrollismo e barbarie» hasta que en 1979 se decide por fin proteger las galerías, ya con toda la riqueza estilística del eclecticismo del XIX, el modernismo, el eclecticismo de los 20 y el primer racionalismo.

«Se hai espazos do drama, as prazas de Pontevedra e de Ourense poderían ser as referencias -añade Martínez-. Pola contra, A Mariña, Rego de Auga, Real, San Nicolás, Barreira, fragmentos de San Andrés, Ferrol, praza de Lugo ou a illa Picabia/Feijoo» ilustran una nueva actitud ante el patrimonio. Con todo, advierte, «o barrio do Orzán, xunto coa Magdalena de Ferrol, Ferrol Vello e o Betanzos medieval son exemplos do que nunca debe acontecer nunha cidade».

«Cambio de chip»

Incomprendidas y caricaturizadas en series de fachadas de cristal y aluminio ajenas a la lógica y la eficiencia bioclimática, las galerías tradicionales resisten mal que bien a «décadas de abandono e ausencia de políticas urbanas coherentes» con una ciudad que «foi paradigma de modernidade e vangarda», afirma Martínez. El experto, que parece dar la razón a Koolhas al defender la «gran potencia» de esta aportación local a un mundo globalizado, urge a «cambiar o chip: na industria da madeira, os recursos propios, a universidade e, por último, na política».

Lijar, repintar e impermeabilizar con aceite cada dos años: larga vida a muy bajo coste

Delicadísimas, montadas sobre carpinterías de madera (pino tea, castaño) con secciones muy finas en la misma línea de fachada y sin elementos de protección para ofrecer menos resistencia a la lluvia y muy expuestas a la acción del sol, las galerías tradicionales requieren cuidados -«y cuidados delicados», anota Fernando Agrasar- cuyo coste dependerá directamente de la frecuencia con que se apliquen. «Sin conservación no hay madera que aguante. Si cada dos años se le da un lijado suave, un repintado y una impermeabilización con aceite, con muy poco dinero la galería estará perfecta. Si no se hace así habrá que gastar un dineral cada diez años o, aún peor, en caso de que esté degradada, extraer piezas y reponerlas, es decir, reconstruirla. Eso requiere una inversión muy fuerte y tiempo, porque los oficios en construcción son escasos y están muy solicitados. Un carpintero bueno que pueda hacer un trabajo así no abunda».

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