En los bares coruñeses también se dan pinchos


Era un clásico cuando venían a nuestra ciudad amigos de Santiago o Lugo. ¿Y aquí no regalan un pincho con la consumición? Tú te quedabas un poco desencajado. ¿Pincho? ¿Gratis? ¿Cuándo? ¿Por qué? ¿A quién? En A Coruña las cañas o los vinos iban a pelo. Si querías algo de comer te pedías una tapa. Y punto. Nunca echamos de menos ese pincho, porque nunca lo tuvimos. Esas historias de tapeo a la compostelana, «donde te tomas dos cañas y ya cenas», o de Lugo, «te pides y eliges pincho frío y pincho caliente», nos quedaban tan lejanas como zamparte un hot-dog en un puesto callejero de Nueva York.

Como mucho, en A Coruña existía la cortesía en algunas cafeterías finas de acompañar las consumiciones con una croquetita y un pincho de tortilla sobre una servilleta. ¿Recuerdan? Cuando los chavales de barrio íbamos al centro y nos las ponían en el Kirs o el Manhattan se nos ponían los ojos chiribitas. «¡Ya te lo están cobrando con la coca-cola!», te advertía tu madre poniéndose en modo cuñado antes de que existiera el término. Pero, más allá de eso, prácticamente no había nada.

Todo cambió con la crisis económica. De repente, la hostelería local se tuvo que replantear su funcionamiento. Si alguien echa una mirada atrás le costará reconocer la ciudad. Tuberías por fuera, sillas antiguas, camareros tatuados, menús más ajustados, cerveza de cámara... y, sí, pinchos. Hoy lo raro es encontrar un lugar donde no te inviten a algo. En algunos la cosa es de crear afición. Por ejemplo, en El Pinar de la plaza de San Pablo hay fieles diarios que acuden a ponerse las botas de todo tipo de fiambres. Al lado, en La Dehesa, el festival se celebra los sábados con sus apoteósicos callos con fama en varios kilómetros a la redonda. ¿Y si me tomo otra caña me dan otra cazuelita?, se pregunta alguno.

El tema del pincho de cuchara se agradece mucho. En la calle de La Estrella es una institución O Cunqueiro. Un día te cae caldo. Otro, sopa. Y otro, lentejas. Siempre, con su medio huevo cocido con pimentón, pinchito de lomo o tortilla. Vamos, que sales comido. Esa modalidad de contar un amplio surtido para montar un platito variado también se practica en Casa Rita, en Payo Gómez. Otro lugar para ejercitar el caña tras caña y mordisco tras mordisco.

En algunos lugares el funcionamiento consiste en que tú te tomas algo y, cada cierto tiempo, un camero pasea una fuente para que pilles lo que desees. Ocurre, entre otros, en algunos locales de Cuatro Caminos como La Sucursal o el Sousantos. Son solo algunos ejemplos de algo que ya se ha asentado en la ciudad. Aunque sean unas patatitas o unas aceitunas, lo extraño ahora es que el vaso coruñés vaya sin bocado. La gente, encantada. Las barrigas, eso sí, un poco más gordas. Eso es lo malo.

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