Barcelona: una recuperación de los muelles con su integración pendiente

La ciudad creció sin un plan unificado y con una calidad arquitectónica mejorable. A Coruña afrontará en los próximos años su transformación portuaria con la liberación de los muelles

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A Coruña / La Voz

Barcelona es una de las diez ciudades cuyas soluciones para convertir parte del puerto en ciudad se pueden ver en la exposición, organizada por La Voz de Galicia e instalada hasta el 19 de noviembre en la Marina. A Coruña afrontará en los próximos años el mismo proceso, con la liberación de los muelles por el traslado de la actividad al puerto exterior. Los visitantes podrán conocer así las experiencias de otras urbes antes de que se decida cómo afrontar uno de los grandes retos a los que se enfrentará el urbanismo coruñés en su historia.

El caso de Barcelona es similar al de otras ciudades, con un pequeño puerto nacido en paralelo a la creación de la urbe, si bien ya en el siglo XIV sufrió cambios con la construcción de nuevos muelles frente a las Ataranzas. De ahí nacería la Barceloneta uniendo la isla de Maians a tierra mediante un espigón.

A diferencia de otros puertos, el de Barcelona no espera hasta el siglo XX para vivir grandes expansiones. Ya en el XIX se hace necesario disponer de más suelo. Entonces se prolonga el espigón de la Barceloneta y se crea un nuevo muelle frente a la montaña de Montjuich. Ya por entonces el puerto cuenta con un ferrocarril de mercancías.

Con todo, la gran expansión empezaría en los años sesenta del siglo pasado en paralelo a la rápida industrialización de España. Los nuevos buques mercantes, de mayor porte, requieren mayores calados, y las necesidades de instalación de maquinaria en tierra para carga y descarga invitan, como en otros lugares, a buscar lugares más apropiados que los viejos puertos. 

El Moll de la Fusta

En los años ochenta comienza el desarrollo urbano de los muelles, pero se afronta por zonas y sin un plan de actuación global. La primera y más importante actuación para incorporar una zona portuaria a la ciudad fue la creación del Moll de la Fusta. Se crea un balcón sobre el puerto y el viejo muelle se hace accesible. En paralelo, se actúa también en la Barceloneta recuperando el frente de playa y dando acceso al nuevo puerto recreativo.

Poco después el denominado Moll d’Espanya se convierte en una gran zona de ocio con nuevos usos. En Barcelona no se optó por reservar suelo residencial, pero sí se apostó, y mucho, por centros comerciales y espacios dedicados a la hostelería. Allí se instalaron cines, un acuario, restaurantes...

La transformación se completó con la reconversión de parte de la marina del Port Vell en un espacio reservado para grandes yates de lujo. Además, en la bocana del puerto se construyó un hotel de cien metros de altura.

El éxito del caso barcelonés se debe, básicamente a la apertura al mar de parte de la ciudad. Con todo, los expertos consideran que arquitectónica y urbanísticamente los resultados son cuestionables por el impacto en el paisaje urbano de determinadas edificaciones -World Trade Centre, Imax, bloques para restauración- o por la excesiva concentración de oferta de ocio.

Entre otros motivos, Barcelona no tuvo un plan global de actuación, sino que estas se afrontaron por separado en distintos momentos.

La financiación de la urbanización se hizo a través de las administraciones públicas, pero también mediante grandes concesiones a empresas.

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