«A los dos días del ictus, quise hablar con mi hija y no podía»

El Día Nacional del Daño Cerebral Adquirido congregó diversas actividades en Méndez Núñez

C. A.
a coruña / la voz

Si hay un verdadero club de la lucha, sin duda es el suyo. Ayer, los jardines de Méndez Núñez fueron el punto de encuentro de numerosas personas en el Día Nacional del Daño Cerebral Adquirido. Y no era una cita cualquiera, porque junto a los afectados también había quien padecía epilepsia. O síndrome de Down. Fue su forma de hacer piña para apoyar a quienes han sufrido un ictus, un enemigo silencioso que nunca avisa de su llegada.

A Juan Luis Delgado, vicepresidente de la Asociación Adaceco, le ocurrió en el 2010 mientras conducía el coche de Madrid a A Coruña: «De pronto, noté que mi mano no funcionaba bien y que el pie hacía cosas raras. Me dio tiempo a parar, pero en algunos casos llegas a quedarte inconsciente». Aún no lo sabía, pero su vida acababa de dar un vuelco del que él no era culpable.

Pasó dos días en la uci, y ese punto de inflexión lo explica con fútbol: «Cuando me subieron a planta vi que había como una fiesta. Se estaba jugando la final del Mundial de Sudáfrica, y yo no tenía ni idea de qué deporte se trataba ni de qué era España». Sin embargo, él había estado tres meses antes en aquel mismo estadio, en Johannesburgo. El cambio fue brusco y recuerda que «no sabía por qué lloraba mi familia, porque yo no era consciente de lo que pasaba».

Juan Luis, que aún abraza una rutina de ejercicios acuáticos en la piscina municipal de Perillo, tiene grabado a fuego que, el segundo día, «quería decirle una cosa a mi hija y no podía hablar». Incluso reaprendió a sumar con los clásicos cuadernos Rubio siendo antes economista. Lo superó con constancia e incluso quita hierro a su caso al explicar que su grado de afectación «fue menor». En las cercanías de la mesa, otro chico que acudió a la concentración, en silla de ruedas, se esmera en alcanzar la barra del bar impulsándose también con la planta de los pies.

Carmen Fernández, presidenta de Adaceco, entiende que hace falta otro empujón a mayores. Y tiene que ver con la denominación: «El daño cerebral adquirido lleva un apellido extraño. La sensación es que alude a algo comprado. Sin embargo, todo el mundo sabe lo que es un ictus».

No es un asunto baladí para ellos en materia de comunicación. Aún les sigue costando reclutar a afectados y familiares en el área de A Coruña. Y el caso es que, con seis meses, seis años o incluso sesenta, el peligro está ahí. «Te puede ocurrir en cualquier momento. Como si al disco duro de un ordenador se le fundiese una placa», ilustraba Delgado. Y no se rinden, porque «hace falta un cambio para que lo comprenda toda la gente».

Entre los asistentes, el caso de Manuel y su madre, Aida

Manuel Rodríguez, de 49 años, padece epilepsia desde los diez. Se hizo socio de Adaceco en el 2008 para asistir a clases de estimulación cognitiva. Gracias a ello, formó una pandilla de amigos en la asociación que reflejaba el sentir general de ayer: aunar esfuerzos. Junto a su madre, Aida Pérez, se enorgullecía de lo logrado: «Cuando llegué, nadie hablaba ni caminaba». Ahora, lo hacen juntos.

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