El último pavés pulido por las pisadas

En dos calles de la ciudad y algunos rincones siguen los viejos adoquines, pero abocados a ser cubiertos de asfalto


«Pues tengo 56 años y estos los recuerdo desde siempre; veníamos a jugar aquí porque además apenas había coches». Esto evoca un vecino de la Ciudad Vieja al pasar por la calle Nuestra Señora del Rosario y al preguntarle por los adoquines. El maltrecho vial, con varias señales para evitar que alguien se esnafre, es uno de los últimos que conserva el pavés del siglo pasado. «Los conductores protestaban mucho por ese pavimento porque decían que destrozaba los coches», apunta José Carlos Alonso, autor de una página web sobre la historia de A Gaiteira, Os Castros y As Xubias. La publicación (www.asxubiasoscastrosagaiteira.wordpress.com) cuenta con un apartado dedicado a los adoquines, que en muchos casos los coruñeses fueron puliendo al golpe de sus pisadas. Lo hacían mientras en aquella primavera de París, hace 50 años, este tipo de piedras volaban por los aires. Los franceses parece que siempre tuvieron querencia por los adoquinazos, ya que, según escribió Balzac hacia 1840 en su deliciosa Fisiología del funcionario que este año publicó Mármara Ediciones, tenían un rey al que el pueblo podía «destituir por la vía de los adoquines en la calle, y por la vía de los votos en la Cámara».

Destrozando zapatos y rodillas

Y eran los franceses los que cada año recordaban ese pavimento cuando los ciclistas del Tour debían transitar por una carretera de pavés semejante a la que en su día pasaba por As Xubias. Cuando hace dos años los organizadores de la carrera suprimieron el pavés, Luis Pousa, en una de sus magníficas crónicas sobre la ciudad, recordaba como el asfalto y otros pavimentos habían escondido los adoquines de siempre: «El empedrado de la Dársena, donde todos tropezamos una y otra vez con grave riesgo de caer al mar o incluso sobre la lancha de Santa Cristina, ha quedado sepultado bajo las losas de la megaobra municipal y portuaria. Y solo en el borde, pero muy en el borde, sobreviven esos adoquines en los que todos destrozamos zapatos, rodillas o incluso las ruedas de la silla de la niña…».

Un trabajador del Náutico recordaba esta semana como el suelo frente a las galerías era de adoquines, lo mismo que las rampas de los carros varaderos cuando estaban los barcos en la Dársena. Este hombre dudaba, aunque algunos mínimos restos al final del espigón parecen confirmarlo, de si el espigón donde se asientan las oficinas de esta entidad y una cafetería fueron en su día de pavés.

No son romanos...

«Pero si uno quiere volver a oír ese ruido antiguo y legendario de los neumáticos sobre el pavés (…) -escribía Pousa-- tiene que trepar en coche desde el atrio de San Jorge por la cuesta de San Agustín hasta Varela Silvari. O, mucho mejor, deslizarse sin frenos por Nuestra Señora del Rosario…». Esto último es lo que hacía, recuerda, José López Parada, que regenta un taller de ebanistería en dicha calle abierto en 1958. «Los adoquines son los mismos... No son romanos», bromea sobre un vial que podría dar sorpresas, ya que unas recientes catas arqueológicas parecen confirmar que debajo puede estar un tramo de la muralla de la ciudad.

Al lado de la sede de la UGT, en Cuatro Caminos, hay otro retal de ese viejo pavés, mientras José Carlos Alonso señala la zona del hospital de Oza, por donde en su día discurría la carretera de salida de la ciudad, como otro de los lugares donde todavía pueden verse adoquines.

Y cerca del puente de A Pasaxe continúa, rodeado de plátanos y frente al restaurante La Terraza, un gastado tramo de adoquines que formaba parte de la que fue un día la carretera de salida de la ciudad. «Este local vio toda esa evolución», apuntaba uno de los camareros del local aludiendo a «la señora Socorro», que abrió el mismo hace «más de ochenta años».

Ahora, cada tarde son los cientos de escolares que salen del colegio Santa María del Mar los que siguen puliendo con sus pisadas los viejos adoquines, pero, como destacaba el camarero, «ya quedan muy pocos».

Del suelo «para matarse», al suave de la plaza de Lugo y el áspero paseo marítimo

Si los conductores se quejaban de los adoquines, los peatones no se quedaban atrás. Roberto Purriños, veterano zapatero de la calle San Andrés, resume en dos palabras lo que supone un pavimento de adoquines para una mujer con tacones: «Para matarse». De todos modos, una clienta a la que atiende apunta que también en las aceras de la calle San Andrés «te dejas los tacones, en las uniones». Purriños tiene claro cómo repercuten los pavimentos en el calzado y señala como el más áspero «las losas del paseo marítimo». Las considera como las más agresivas entre todos los suelos de la ciudad. En cuanto al firme donde menos sufre el calzado en general, destaca la suavidad del de la plaza de Lugo. Concluye apuntando el peligro que supone, en el caso de los adoquines, cuando crece la vegetación entre ellos, ya que «además resbalan».

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