Tiniebla en Alcoa, luces en el Ofimático


«¿Es que quieren que volvamos al candil?». La frase, que lo resume todo con absoluta precisión, se la sacó de la chistera esta semana uno de esos veteranos de Alcoa que llevan una vida entera currándose el aluminio. Se refería este empleado, durante su participación en el programa Voces de A Coruña, de Radio Voz, a la compleja relación de su empresa con la electricidad, pero también a la dramática atadura de los ciudadanos a las compañías eléctricas. Dos realidades paralelas que, sumadas, explican por qué de todas las justificaciones que la multinacional estadounidense esgrime en su comunicado de cierre, la de la factura eléctrica es la de mayor penetración entre los trabajadores, aun con todos los matices que introduce la empresa.

Y posiblemente Alcoa, que se ha llevado la friolera de 500 millones de euros en subastas de incentivos eléctricos, sea la menos indicada para quejarse por eso, como viene haciendo desde hace unos cuantos años para justificar anteriores intenciones de cierre. Más allá de Alcoa, son numerosos los casos de sangría energética que se dan en empresas de nuestro entorno, abocadas a facturas desproporcionadas que ponen en peligro cada día los empleos de miles de trabajadores.

Entonces, ¿cómo no va a calar el argumento eléctrico entre unos empleados que además de la velada amenaza laboral en la que llevan instalados tantos años, tienen, como la gran mayoría de los españoles, la silla eléctrica instalada en casa? Cuando ves que la factura de la luz crece siempre de cinco en cinco mientras se reduce excepcionalmente de uno en uno, cuando te das cuenta de que interpretarla es más difícil que comprender niveles complejos de física cuántica, cuando entiendes que las subidas de precio en atención al frío o al calor quedan al libre albedrío de las compañías y cuando sospechas además que esa arbitrariedad pone también en juego tu puesto de trabajo…, entonces es cuando, preocupado, llegas a esa conclusión: «¿Es que quieren que volvamos al candil?».

Así se apagarán las luces de muchas casas, como amenazan con apagarse las de Alcoa. Aunque no todo es tiniebla eléctrica en Coruña, que ahí están, bien a la vista, esas seiscientas luminarias encendidas en el parque Ofimático, que deben de contemplar cada noche los astronautas de la Estación Espacial Internacional, de tanta claridad que irradian para alumbrar a los cero seres humanos que habitan el barrio, junto a algunos gatos callejeros, cuatro o cinco perros y un buen número de luciérnagas que ya se valían por sí mismas en materia lumínica. Desde luego, el que maquinó la idea tiene menos luces que el expreso de medianoche. «¿Es que quieren que volvamos al candil?».

Por Alfonso Andrade coruñesas

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