«Soy la última que queda en la calle»

Una tienda de muebles es el único comercio abierto en una de las arterias de la zona monumental


Los días de Lurdes Gutiérrez recuerdan un poco al nombre del grupo con el que saltó a la fama Manolo García. Ella no es la última de la fila, pero sí «soy la última que queda en la calle». Regenta la tienda de muebles y artesanía Bomoble. En la rúa Nosa Señora do Rosario, la patrona desposeída de su día festivo en la ciudad, el bajo que ocupa es el único comercio abierto al público. Al lado tiene un restaurante. Pero, como tienda, la suya está sola. «Al principio de la cuesta está Tierra de Fuego, de objetos de decoración y recuerdos -su responsable es el presidente de la asociación de comerciantes de la Ciudad Vieja-, pero la puerta de la tienda está en la calle con la que cruza, rúa Ángeles. En el otro extremo, arriba de todo, hay una barbería, pero su entrada tampoco da aquí, sino a Porta dos Aires», explica Lurdes.

Si se pasea una mañana de semana por la vía, la totalidad de los bajos están cerrados. Cuenta con dos estudios, el bar de cenas El Descansillo y nada más. Pocas calles hay en el centro de A Coruña que puedan presumir, a su pesar, de tal soledad comercial. «Antes estábamos en la plaza de Ourense. Desde hace tres años nos vinimos para aquí. Me gusta el casco antiguo, me parece mágico. Lo que sucede es que no hay flujo de gente. En la Ciudad Vieja tienes que ser tú, como comerciante, el que la atraiga ya que nadie viene a pasear por aquí. Sería bueno que abrieran más negocios, no me importaría incluso que fueran de la competencia», remarca Lurdes. Ser una suerte de «isla de comercios es durísimo, sobre todo en invierno. Hay días en los que pueden entrar solo una o dos personas». Especializados en diseñar y elaborar muebles a medida, «trabajamos mayoritariamente por encargo y el alquiler que pagamos es asequible», justifica. Hace un inciso y sale a la calle. Justo delante está la placa que recuerda que «María Pita defendeu heroicamente as murallas da cidade neste lugar o 14 de maio de 1589».

La lámina pasa desapercibida a ojos de los vecinos, la mayoría de los que caminan por aquí. «Soy de Oviedo y defiendo la peatonalización. No creo que la causa de que no haya gente sea la prohibición de aparcar. Es que no hay una red comercial», opina. «Antes aquí estaban la Velvet o la Fundación. Éramos cinco o seis. Primero solo se dejó aparcar a residentes. Ahora a nadie. ¿Cómo van a venir nadie a tomar algo?», pregunta Gerardo Quintela, que lleva desde hace siete años El Descansillo. Lurdes tiene claro que este es su lugar: «Quiero creer en esta zona ahora que es peatonal».

El reducido flujo de clientes desanima a abrir negocios en la zona antigua

m. m.

La singularidad de estar en cuesta, cree Lurdes Gutiérrez, puede ser un hándicap. «Aún así me parece un lugar muy agradable». Gerardo Quintela, de El Descansillo, está convencido de que la restricción del tráfico rodado pasó factura: «Tienes que aparcar casi en plaza de España y luego venir andando hasta aquí. La mayoría se queda por la plaza de Azcárraga y ya no sigue». Intramuros, los cierres comerciales no son una novedad. «Tengo 39 años y aquí siempre recuerdo locales de hostelería. Bares y pubs. También alguna tienda, como una zapatería, pero la verdad es que la mayoría solían estar por otras calles aledañas», explica Diana Cabanas, de la Asociación de Fiestas del Rosario Patrona de A Coruña. Su compañera Mariví Fornos, que ya pasa de los 70, asiente: «Hubo sobre todo ultramarinos... y mucha más vida de la que tenemos ahora». Los que todavía siguen, creen, son unos supervivientes.

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