El abrazo al Apóstol... en la Ciudad Vieja

El rito se celebra en la iglesia de Santiago, que tiene una virgen manca, otra dándole el pecho al Niño y otra embarazada


Darle un abrazo al Apóstol es uno de los ritos de quienes acuden a la catedral de Santiago. Es la foto que resume la presencia de visitantes ilustres. De todos modos, para algunos es un rito incomprensible. «Non entendo por qué se estás enterrado aí abaixo todo o mundo vai arriba a darche no lombo». Esto decía el actor y dramaturgo Roberto Vidal Bolaño en un imaginario y divertido diálogo con el apóstol.

También en A Coruña se le puede dar el abrazo al pescador de Galilea, aunque es una posibilidad menos conocida. «Saber no se sabrá, pero cada vez que se hace se forman unas buenas colas», comenta Andrés García Vilariño, párroco de la iglesia de Santiago, la más antigua de la ciudad. «No se duda de su fundación antes de 1208, cuando la población dependía aún del señorío arzobispal de Compostela», escribe Carlos García Cortés en su libro Templos coruñeses (Xerión).

Detalla el párroco que son tres al año las fiestas jacobeas en las que se puede abrazar la figura sedente del siglo XIV que está en el altar mayor con un pergamino en la mano que dice: «Jacobus Major Hipaniae Patronus». La primera es, lógicamente, la del 25 de julio, su fiesta; la segunda, el 30 de diciembre, cuando se conmemora la traslación de sus restos hasta la catedral compostelana, celebración que figura en el calendario litúrgico de la diócesis. La tercera fecha es la del 23 de mayo, aniversario de la batalla de Clavijo en la que «dice la leyenda que el rey Ramiro soñó con la aparición del apóstol», apunta el párroco. En esta fecha «como aquí hay la cofradía [del apóstol Santiago] suele celebrarse algún acto de admisión de nuevos cofrades o algún evento», indica el sacerdote mientras dos peregrinas del Camino inglés piden que les selle la credencial para obtener la compostela y, como suele ser habitual, los turistas recorren el templo con sus cámaras.

«No visitas. No fotos», dice el cartel de la capilla lateral del templo, un «espacio restringido exclusivamente para la oración personal en silencio», detalla en español e inglés. En este punto, desde el que se puede acceder al altar y de ahí a la escalera para abrazar al apóstol, hay una imagen gótica de la Virgen a la que le falta la mano derecha. Apunta el sacerdote que el escritor Gustavo Martín Garzo incluye en sus novelas protagonistas mancas «y parece que es porque de niño, cuando instalaban el Belén en su casa, la figura de la Virgen era manca». En este caso, más que sobre la falta de la mano llama la atención sobre la deficiente restauración de la cabeza del niño que tiene en sus brazos: «Se ve que es postiza, está mal hecho». Quizá por ello la figura pasa casi desapercibida, aunque quienes la conocen no dudan en exaltar su belleza.

Aras romanas como pedestal

«Esta sí que es A Coruña escondida porque nadie se fija en ellas y son dos aras romanas del tiempo de la torre de Hércules», señala García Vilariño mostrando los pedestales que sostienen las figuras de Teresa de Ávila y la Virgen de la Leche, llamativa talla del siglo XVII en la que aparece amamantando a su hijo. «Me parece que hay una tercera ara en el Museo Arqueológico», dice, antes de explicar que son de la época del emperador Marco Aurelio y «aunque el texto está muy borroso, aquí se puede leer César...». Explica que son contemporáneas al faro de Hércules y aparecieron en el templo durante unas excavaciones. García Cortés alude en su libro a estas «aras romanas con leyendas, procedentes al parecer de un templo pagano que hubo por aquel contorno en la época romana».

No son los únicos elementos que pasan desapercibidos. Alude al púlpito de piedra «hecho de piezas independientes colocadas una a una» cuyo soporte «es una pila bautismal muy rica en iconografía», señala mientras unos turistas pasan... sin mirarla. A la que sí miran, y fotografían, es a la Virgen embazada, tercera singular figura mariana del templo, en cuya entrada hay «un magnífico Santiago sedente» del siglo XIV al que no es posible abrazar pero del que Vilariño destaca que «tiene cara de niño».

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