Las uvas de Padre Rubinos


Cuando en Coruña crecían los árboles de manera natural hace algunos años era habitual que los chavales terminasen recogiendo fruta de las leiras de Vioño, o mazorcas de maíz de las tierras del Agra del Orzán o de cualquiera de los campos que miran a la Torre. Hoy es prácticamente imposible -más allá de ver las naranjas colgadas en los árboles de Alfredo Vicenti- que un crío se recree en el ocio de apañar fruta, ni siquiera crecen las moras silvestres. Pero en esta ciudad nuestra en que el musgo también se cuela por los bancos y que es capaz de hacer brotar el verde en cualquier esquina siempre puede darse alguna sorpresa.

Cada vez que subo la cuesta del antiguo Hogar de Padre Rubinos me quedo clavada en esa inmensa parra que durante mucho tiempo dio cobijo a tantos hombres y mujeres que descansaban en la siesta. En su sombra inmensa estaban sentados a primera hora de la tarde, arropados por ese frondor de uvas maravillosas y por el calorcito de un rincón que naturalmente ha tenido un microclima especial. Hoy los ancianos de Padre Rubinos tienen unas instalaciones muchísimo mejores, pero la parra no se ha inmutado y ha decidido seguir creciendo con la misma generosidad que le es propia al lugar. Y claro, basta que la naturaleza decida darnos gratis ese manjar delicioso para que resulte imposible no reparar en ella. Reparar, desde luego reparamos casi todos aquellos que subimos esa cuesta frecuentemente, aunque lo curioso es que empieza a ser común también echarle la mano a esos frutos tan sabrosos. La parra de Padre Rubinos está ahora hermosa y, como es tiempo de iniciar la vendimia, algunos coruñeses se acercan a coger de una en una, o de dos en dos, o de tres en tres, como esos Lazarillos clásicos, las uvas de esta mítica parra. «Prueba esta, mira qué rica está», le invitaba hace solo unos días una señora a otra, con esa frescura de quien sabe que esa exquisitez es fruto de la naturaleza. Y no cuesta un duro.

No digo yo que uva a uva la parra pudiese llegar a secarse porque por el momento no es para tanto la demanda, y mucho menos desearía que alguien decidiese podarla o eliminarla de ese rincón tan suyo, más bien todo lo contrario. Es preferible detenerse y observarla en su frondosidad, e incluso atreverse a probar una de esas uvas que en esta época del año están para chuparse los dedos. Solo hay que ponerse de puntillas y echarle la mano, en una especie de vendimia urbana que tiene su intríngulis y todo un código de honor. Nadie le va a robar al Padre Rubinos, solo faltaría, pero así como quien no quiere la cosa los coruñeses nos hemos ido poco a poco subiendo a la parra. Si les queda de camino saben bien de cuál hablo, y si no, acérquense a verla: por ella, pese al abandono del lugar, no ha pasado el tiempo.

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