Detrás de la niebla aún es verano

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En el cine, en la literatura, la niebla aparece como un presagio. Una sabe que algo terrible va a ocurrir cuando la escena (o la página) se cubre de esa atmósfera de novela de misterio. Estas últimas mañanas, a la vuelta de cualquier esquina de Juan Flórez nos habría sorprendido menos encontrar a Jack el Destripador que a un policía municipal. Cuando aún no ha amanecido, bajo la niebla no se adivina el puerto, ni el fondo de la calle, y todo parece indicar que en cualquier momento puede aparecer Kim Novak envuelta en una neblina verdosa, como Hitchcock la imaginó en Vértigo. Porque en el San Francisco de la película no hay mucha bruma matutina, no, pero me cuenta una amiga que en esto de la brétema, A Coruña es igual que San Francisco. Salvando las cuestas y el Golden Gate, claro. Allí, al parecer, la niebla campa a sus anchas en invierno y en verano. Eso sí, el aeropuerto de Oakland no tiene los problemas de Alvedro. Al parecer, a los pasajeros de ese nudo de comunicaciones (justo por detrás de Barajas en tráfico de pasajeros) no les da tanto dolor de cabeza como a los del nuestro. Porque el neboeiro coruñés, como nuestros aviones, no se sabe si sube o baja. Fíjense lo inquietante que es el fenómeno, que una mañana como el lunes nos pueden desviar el vuelo de Madrid porque no se ven tres en un burro, y a la mañana siguiente, con la misma (o más, asegura un compañero) niebla que el día anterior, el avión aterriza tan contento. Misterios de la tecnología y la navegación aérea que, me dirán los siempre activos miembros de Vuela Más Alto, seguro que tiene una explicación lógica. Una, que es novelera y peliculera, prefiere pensar que la respuesta a la azarosa vida de Alvedro se esconde en la niebla, que es un poco como nosotros: depende.

Niebla, neblina, calima, bruma. Néboa, neboeiro, calixe, brétema, fuscallo. Sumamos en castellano y gallego un buen puñado de palabras para referirnos a este fenómeno meteorológico que convierte la plaza de María Pita en el escenario perfecto para un capítulo de la muy gótica Penny Dreadful, o en el prólogo de una novela de Stephen King. Con la ventaja, eso sí, de que cualquiera en esta ciudad (como en toda Galicia, en realidad, salvo en el Alto do Fiouco), sabe que lo mejor de la niebla es que si no baja, sube. Cuando levanta, como esta semana, sigue siendo verano. Este veranillo milagroso de tardes de sol y de termómetros aún de fiesta, que hacen que por la mañana salgamos de casa con cara de otoño y que nos sentemos a media tarde en cualquier terraza fingiendo que aún estamos de vacaciones, que los niños no han vuelto hoy al cole y que en realidad no nos hace falta una chaquetita cuando empieza a refrescar.

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