Los atardeceres furtivos de O Portiño

Mientras los turistas hacen fotos, los percebeiros ilegales van por el casi oculto camino de rocas a faenar en la isla O Pé

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Atardece en O Portiño. Durante esta soleada semana, cada tarde hay casi una veintena de coches aparcados en las inmediaciones de la escultura Ventana al Atlántico, una obra de Francisco Pazos. Decenas de personas mirando al mar. Una familia al completo se sienta en el pétreo ventanal para hacerse la foto con la puesta de sol. Enfrente están las graníticas islas de San Pedro. De izquierda a derecha Vendaval, O Pé, As Tres Illas y O Aguillón. «A do Pé chámase así porque na marea baixa queda ao descuberto un estreito camiño de rochas, O Carreiro, que permite acceder a ela andando». Esto recordaba el historiador Xosé Alfeirán en un artículo sobre la presencia de una capilla en estas islas.

Desde la explanada del monumento de Pazos desciende un sendero hasta el borde del mar. Entre las rocas de la ladera charlan algunas parejas. Miran y se miran. El camino por mar hasta la isla arranca con las rocas envueltas en algas, muchas algas. Las hay de varias especies, entre ellas quizá una de las invasoras a las que aludía el pasado miércoles en este periódico el catedrático Victoriano Urgorri. Esta semana la marea baja, con algo más de un metro de altura, no permitía saltar de roca a roca sin meterse en el agua. Pero claro, «si ves ao mar e non te queres mollar, von car... vas levar», bromean los marineros con turistas y novatos.

La distancia desde la costa hasta las islas de San Pedro varía entre los 200 y los 350 metros. En la mitad de O Carreiro en la panorámica que se ve de la costa coruñesa llama la atención una potente furna que, por un efecto óptico, parece haber engullido una de las viviendas de O Portiño. Esa es la vista que tienen los tres tripulantes de una lancha que se dirige hacia el extremo del archipiélago más cercano a Labañou, tras abandonar las inmediaciones de O Pé, donde está el punto más alto de las islas, 12,40 metros.

Neoprenos con agujeros

Desde dicha isla salen, cuando la marea lleva media hora subiendo, cuatro personas enfundadas en unos maltrechos trajes de neopreno que, en algunos casos, tienen tales agujeros que dejan ver la piel de quien los viste.

Los cuatro se mueven con facilidad por O Carreiro, ese camino de rocas habitualmente escondido debajo del agua; saltan de una piedra a otra como excelentes conocedores del lugar. Miran con desconfianza la presencia de un extraño en un lugar por el que apenas transita nadie. De hecho, cuando hace unos meses estas islas fueron declaradas por la Xunta Espacio Natural de Interés Local, la concejala de Medioambiente, María García, decía que dado que «non son accesibles ao público, non son medidas restritivas» las que está previsto tomar para su protección. El proceso para dicha declaración había empezado hace casi una década, el 12 de junio del 2009, cuando lo impulso el entonces gobierno municipal bipartito.

La desconfianza de los hombres con neoprenos se debía a las bolsas que colgaban de sus manos, en las que se podían intuir unos cuantos kilos de percebes. La pregunta por O Carreiro para llegar a la isla de O Pé les tranquilizó: «O camiño é por aí, pero no último tramo ten que nadar porque está subindo a marea». Claro que, indicaba otro, «mañana, a las siete y media de la mañana hay marea baja y se puede pasar andando...». En la explicación de que el objetivo de ir a la isla era hacer unas fotos, uno de ellos vio una oportunidad de negocio: «Si me paga, yo las hago y se las traigo...». La vida es dura y hay que sobrevivir.

De vuelta a tierra, uno de los furtivos se escabulló por cerca de la furna en la que un geólogo podría hacer acopio de variadas rocas y curiosas vetas. La inestable estructura de la cueva no invita a estar mucho tiempo en su interior. A su lado, otra cala llena de rocas, vertidos y algas desprende cierto olor a putrefacción.

Todo ello pasa inadvertido a quienes buscan los rojizos atardeceres frente a este archipiélago de siete hectáreas de superficie y casi un kilómetro de largo. La música la ponen las gaviotas que van y vienen, mientras las primeras sombras dibujan las siluetas de los cormoranes.

La lancha regresa a puerto, dibujando tras de sí una estela que evoca el melancólico bolero: «Cuando la barca se va, qué solita se queda la mar. Quién sabe si volverá, la barca con su pescador...». Atraca en O Portiño, donde hay un bar con una nutrida clientela deseosa de ver la puesta de sol. Pero esa es otra historia, son otros atardeceres, con cervezas, sin furtivos, como muy bien contaron ya en el suplemento YES.

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