Bens, donde los pinos mueren de pie

La agreste ladera que baja desde el parque al «lugar fantasma» esconde un paisaje con vistas a las principales industrias

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A Coruña

Al sol de media tarde, tres vecinas de Bens charlan ante la entrada de la vivienda de una de ellas. Al fondo, las chimeneas de la refinería. El encuentro no es casual: dos de ellas están sentadas en sillas. La tercera de pie. Llevan un puñado de décadas en el lugar, toda su vida. Citan a los vecinos por sus nombres, por apodos y hasta por aficiones: «Si, muller: o que era músico». Una de ellas resume la situación de Bens: «Un señor que viña traer un paquete díxome que este parecía un lugar fantasma porque mirou por todos lados e non atopou ninguén a quen preguntar». Un recorrido confirma lo dicho por esta vecina: salvo contadas excepciones solo responden los ladridos de los perros, al menos uno por cada casa habitada.

La parte alta del pueblo linda con un pinar al que se llega por una pista forestal en la que hay una tapa de alcantarillado. Al dar una curva aparecen las que fueron columnas del portal de entrada a una amplia vivienda. Unas viejas escaleras de cemento aparecen inútiles y sin sentido. Un poste para la luz no tiene energía. Hay un carro que un día pretendía ser decorativo. Y un amplio espacio, debajo de los pinos, para animales: «Aquilo é do dos cabalos», indicaron las vecinas. Un perro, mayor, cansado, levanta la cabeza perezosamente.

Es un pequeño bosque de pinos. Al atravesarlo por una senda de monte aparece la agreste ladera que desciende desde el parque de Bens hasta el pueblo, la playa del mismo nombre o la depuradora. En medio de esa ladera hay una pequeña vaguada, y sorprende la presencia de un grupo de pinos, desnudos, secos, muertos. Parece una instalación artística en medio de los tojos, las silvas, flores, queirogas y maleza. La senda, en algunos tramos amplia, desvela el tránsito habitual. En un claro del monte bajo pastan dos caballos pintos.

En lo alto suena la maquinaria de las instalaciones de Francisco Mata, donde se aplastan coches viejos, entre otros elementos metálicos. Por la misma zona está la perrera municipal. Un poco más allá unos talleres mecánicos y las torres de telefonía.

Por la ecléctica ladera serpentea una senda, a veces entre tojos de más de un metro de alto, que acaba en una elevada meseta desde la que se divisa un paisaje espectacular. El mar a un lado y la industria al otro: las instalaciones de Repsol, la planta de reciclaje de Nostián, la chatarra en lo más alto, la fábrica de pescado en el límite entre A Coruña y Arteixo, los restos del que iba a ser un polígono industrial, el puerto exterior y abajo, la depuradora, pegada al mar.

La verticalidad de las torres de la Refinería son el telón de fondo de los pinos a los que mató un incendio. «Paréceme que foi hai dous anos», evocan las vecinas. Otros pinos afectados por las llamas han sido arrancados por el viento y sus raíces están al aire.

Pero no todo es industria: al levantar la vista, esquivando Langosteira, está la silueta de la costa. El sol va camino de otro de esos atardeceres tan de moda en la redes sociales. Paisaje e industria se mezclan en esta agreste y ecléctica ladera de Bens.

El trastero de la ciudad con «moitas casas baleiras ou con unha persoa»

Si los Cantones son la sala de estar de A Coruña, Bens sería el trastero, un espacio que por muy cuidado que esté no se le suele enseñar a las visitas. Allí es donde el bus urbano da la vuelta, a veces con dificultadas por algún coche mal aparcado. Última parada. «Moitas casas están baleiras ou cunha soa  persoa sola», comenta una vecina, que deja entrever que ella es una de esas habitantes solitarias. Es rotunda cuando habla de alguna de las casas, con las puertas y ventanas tapiadas para evitar a los okupas: «Esa xa non estaba en condicións para vivir».

Mientras habla pasa un vecino que se dirige a uno de los huertos cercanos. Es buena tierra, ahora escasa, y algunos de los vecinos la siguen cultivando. En Bens viven poco más de cien personas y escasea la gente joven.

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