Luis Paadín: «El postureo y las modas en el mundo del vino son insoportables»

El divulgador de vino tiene 58 años y en otoño debutará como abuelo


Pide una cerveza. Le da la vuelta a la silla y apoya los brazos en el respaldo. Tiene aire de vaquero. Luce coleta. «Siempre tuve el pelo largo. No veo motivo para cortármela y, además, forma parte de mi vida», explica. Dice que su principal defecto es que es «intolerante. Odio que se le llame vinazo a un gran vino. Vinazo es algo peyorativo. No soporto que la gente haga chin chin con las copas. Se levantan y ya está, no hace falta chocarla con el de enfrente. El postureo y las modas en el mundo del vino son insoportables. Me agotan. Y tampoco soporto a los que mueven la copa una y otra vez. "Deja en paz a mi vino" le dijo una vez un bodeguero a una persona al tiempo que le daba un golpe en la mano. La honestidad de la uva se aprecia con la copa parada», se despacha Luis López Paadín. «Mis hijos son López Facorro, aunque todos los conocen por Paadín. Estoy en el proceso de cambiar el orden de los míos», destaca este divulgador de vino. «Yo no los vendo, los doy a conocer», aclara. Charlamos en el único hueco que tenía libre en su apretada agenda. «Mi mujer dice que estoy incapacitado para hacer dinero. Por eso voy a los sitios que me dan placer. Si no voy a disfrutar van mis hijos», apunta. Alejandro, Víctor y Luis Javier son sus vástagos. Tienen 30, 29 y 28 años y los tres nacieron en el mes de noviembre. «Y en noviembre me estreno como abuelo», apunta Luis, de 58 años. «Estoy muy usado», dice.

Alumbrado de emergencia

Coruñés de Santa Margarita se considera «un hombre de mundo. Me siento a gusto en cualquier lugar siempre que haya vino». Dice que no se acuerda la última vez que se emborrachó. «Coger un punto, con frecuencia, pero de no saber volver a casa hace muchos años». Sí que se acuerda del instituto Agra del Orzán. De que cuando era pequeño su sueño era «ser feliz. Lo aprendí de mi padre». También recuerda el primer vino que probó. «Fue en el Indio de la Marina. Hubo una huelga de hostelería y yo fui un esquirol y fui a echar una mano», rememora mientras busca en Google el año de aquella protesta. «Es que creo que no hubo otra de hosteleros. Fue en el 77 durante un Teresa Herrera», encuentra en el móvil. Estudió electrónica y durante bastante tiempo instalaba alumbrado de emergencias. «Después abrí la vinoteca O Carro en María Luisa Durán Marquina. La tuve hasta hace diez años. Trabajé en una bodega de Monterrei 4 meses y después me hice autónomo. Ahora digo no a muchísimas cosas», resume el autor de la Guía de Vinos y Destilados de Galicia, entre otros libros. «Tengo que reconocer que es un mundo generoso. Ahora gozo de un reconocimiento con el que no me siento incómodo», confiesa.

De la misma copa

Afirma que su mujer «es el gel aglutinador de todo lo que tengo. Estamos juntos desde 1975 y siempre bebemos de la misma copa». Dice que el último vino que le sorprendió fue «un tinto de las Rías Baixas». Su uva es el blanco lexítimo. Todos los días come y cocina con vino. Le apasionan los espumosos, los blancos gallegos y alemanes, y no es amigo de los rosados. «Si me tienes que buscar, búscame en Chile», afirma. En la cafetería en la que charlamos se está a gusto, pero fuera hace mucho calor. «Soy partidario del tinto de verano y del calimocho siempre que se beban con moderación. La sangría es un primer paso para disfrutar de un buen vino», destaca Luis, que colabora con la Xunta, las D.O., y el Icex en la promoción de los vinos gallegos, es catador internacional, e imparte formación. Tiene claro que a una isla desierta se llevaría «un tostado del Ribeiro porque me duraría bastante y no se estropea», sentencia Paadín, que es de los que suele acostarse y levantarse temprano. «Tengo perro y próstata», argumenta.

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