Quedamos entre el Otero y Pidolti


Cada coruñés tiene su código propio, pero en común compartimos esa manera tan nuestra de comunicarnos con un nivel de precisión que supone manejar muy a fondo nuestro imaginario. Un imaginario que es complejo, porque nos lleva a citar sitios que no existen, que se han convertido en fantasmas que se aparecen constantemente en nuestras conversaciones diarias. No sé cuántos años lleva cerrado el Otero, adonde íbamos siempre a comer los calamares, pero si tengo que buscar una referencia en la calle de los Olmos es el único lugar que cito. Que cito yo y que citamos todos los coruñeses: «Está pegado al Otero; pasas el Otero y está justo delante; ¿no sabes donde está el Otero? ¡Pues caminas un poquito más y en la acera de enfrente allí tienes lo que buscas!». Qué difícil resulta manejar todo este archivo callejero, todas estas referencias, y qué sencillo, en cambio, se nos hace a todos nosotros en el día a día. La de veces que me dicen mis amigas que están tomando algo en la placita del cine Coruña, y es imposible asomarse y ver que quede en pie un resto de aquella sala mítica. Pero ahí sigue, inquebrantable, fidelizando nuestros encuentros con la misma mítica que desprendía hace décadas ese templo cinematográfico. Con los cines pasa mucho, porque fueron emblemas de Coruña (el Goya, el París, el Doré, los Equitativa, el Riazor...), y sin embargo, los seguimos citando, aunque quizás al Coruña es al que más porque en esa placita nos falta otra fuerte referencia. El Valle Inclán ya es el Garufa y eso da otro nivelón, pero los coruñeses enseguida buscamos esa unidad que nos ancle en nuestros puntos de encuentro. El Linar, donde los sándwiches tenían otro sabor, está vivo en nuestra memoria, pero no hay una regla escrita para que sepamos por qué una tienda, un local o un restaurante va a quedarse para siempre o no. Tengo conocidos que siguen quedando en la plaza de Pontevedra en El Pincel, por mucho que ahora esté El Arenal; la mayoría continúan esperándose en El Pote o en Barros, pero también los hay que hablan de Continente, por muchos años que Carrefour lleve instalado; pero ¡ojo! que otros quedan aún en ¡Pryca! y eso que en Los Rosales no estuvo mucho tiempo.

No sé qué pasará en el futuro, pero le pronostico larga vida a ese Mango del Obelisco que es parada obligada para recoger a los críos, para encontrarse, aunque desaparezca. Y creo que será difícil también que, si algún día Fnac se esfuma, no continuemos nombrándola con la misma viveza de ahora, igual que la placita de La Urbana, o El Bonilla de la calle Galera. Son los misterios de nuestro lenguaje, de nuestra comunicación interna, que funciona a la perfección de esta manera tan coruñesa que para nosotros no necesita traducción: «Nos vemos en LaBase a las 20.00 o al lado de Pidolti, ¿vale?».

Autor Sandra Faginas coruñesas

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