La galerna de 1455 y el acuerdo comercial con Bristol

Para compensar sus destrozos, Enrique IV concedió al Concejo de A Coruña el privilegio de dar salvoconductos a navíos ingleses


En el invierno del año 1455, no sabemos el día, una gran tempestad se abatió sobre A Coruña. Aparece escuetamente citada en un pergamino del Archivo Municipal coruñés que fue transcrito y traducido por Miguel González Garcés en su Historia de La Coruña. En él se nos dice, en latín medieval, que la ciudad padeció «grandia dapna et mala et jacturas et mortes hominum» (grandes daños y males y pérdidas y muertes de hombres). Y que ello se debió a «fracturam navium» (la fractura de las naves) que estaban en el puerto.

Tuvo que ser un vendaval huracanado capaz de despedazar las embarcaciones surtas en la bahía. De esta magnitud pocos se dan, aunque de vez en cuando ocurren y suelen ser de suroeste, los más peligrosos porque podían arrastrar a los buques contra las peñas e islas de O Parrote, O Carreiro y As Ánimas. Posiblemente fue lo que pasó.

Como los barcos destrozados pertenecían a mercaderes coruñeses, el Concejo de A Coruña envió una representación al rey para quejarse de lo ocurrido y pedirle alguna merced que les compensase por los perjuicios recibidos.

Rapiña

Fueron a Córdoba, donde el monarca Enrique IV celebraba Cortes de Castilla y León. Allí lo consiguieron y volvieron con un documento, fechado el 3 de julio de 1455, en el que el rey, en atención a los daños sufridos, les concedía el privilegio de poder dar salvoconducto a dos naves inglesas y a dos coruñesas para poder traer y llevar mercancías entre Inglaterra y A Coruña, pagando los derechos correspondientes. Era un gran beneficio para la ciudad.

Pero el rey también sacaba partido. En dicho documento se nos dice que Enrique IV lo hacía por bien de la ciudad y también para que sus habitantes «non predantur nin vadant bivere extram illam» (no se dedicasen a rapiñas o se marchasen fuera de ella). ¿A qué rapiñas se refiere el rey? Al corso, actividad muy habitual en la costa y a la que también se dedicaban los coruñeses. Pero ahora las circunstancias internacionales habían cambiado y no se podía continuar con esa práctica. Después de la batalla de Castillon, en la Guyena, en 1453, que puso fin a la guerra de los Cien Años entre franceses e ingleses, la corona de Castilla, tradicional aliada de Francia, reinicia con Enrique IV relaciones comerciales con Inglaterra por medio de permisos a navíos. No quería que se frustrasen por las depredaciones coruñesas.

Atrio de Santiago

El 22 de agosto de 1456, a toque de campana, en el atrio de la iglesia de Santiago se reunió el Concejo de A Coruña. Asistieron el alcalde, Gundisalvo Fernández Longo, los regidores y «muchos honrados y discretos varones convecinos».

Tras deliberar, acordaron conceder esos salvoconductos por tres años al alcalde Johan Chepart y a los mercaderes de los navíos llamados Marietta y Christofori de Bristol para traer paños y otros géneros.

Además prometían, en nombre de todos los vecinos y de todos los naturales de los reinos de Castilla y León, que nadie les haría daño, incluso en caso de guerra entre sus reyes. «¡Poder coruñés!».

Y para garantizar este acuerdo internacional mandaban expedir en latín el documento que hoy se conserva en las dependencias del Archivo Municipal.

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