Gervasio Sánchez: «El heroísmo es la antesala de la muerte»

Afundación inaugura en A Coruña «Vida», una exposición del fotógrafo y reportero de conflicto bélico

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Redacción / La Voz

Armado únicamente con su cámara fotográfica, Gervasio Sánchez (Córdoba, 1959) lleva 35 años trabajando en zona de guerra. Su visión del ser humano es bastante negra, pero a pesar de ello sabe extraer lo mejor del conflicto, la vida que emerge entre los escombros, entre la violencia y la muerte. Vida, así se llama la exposición preparada por el comisario cubano Gerardo Mosquera, que ayer se presentó en la sede coruñesa de Afundación (y que podrá visitarse hasta el 29 de septiembre). Sánchez retrata la supervivencia, en toda su dimensión, pero buscando la que opone la dignidad humana a la matanza, y eso fue lo que cautivó a Mosquera, y lo que trató de poner en valor en la selección de 70 imágenes que componen la muestra, y en las 100 que integra el libro que recoge el proyecto.

Pero sobrevivir implica muchas veces matar. La mayoría de la gente que Sánchez ha topado en su trayectoria profesional -admite que le gustaría ser más optimista- prefiere matar a morir. «Eso puede ser una declaración brutal -apunta-, aunque tiene mucho que ver con la supervivencia: en el fondo, uno mata para que no te maten; no quieres morir, quieres sobrevivir. Pero implícitamente, la violencia está en el ADN del ser humano».

Y no se trata de coger una escopeta, se trata de que la mayoría de la gente si tiene que matar mata. En cada supuesto habría que ver qué ocurre. «Es falsa la idea mítica, romántica de que los humanos somos unos maravillosos seres incapaces de matar al vecino, de violar a la vecina, de pegarle un tiro en la cabeza. Cuanto todo se desmorona aparece lo peor del ser humano y la mayor parte de los ciudadanos actúan a favor de la ola, y si es la violencia, eliges la violencia, si la ola es huir, huyes, si es matar al vecino, matas.. Hay muy pocos momentos de la historia en los que verdaderamente el ser humano haya actuado con heroísmo, entre otras cosas porque el heroísmo es la antesala de la muerte, y nadie quiere morir». Incluso va más allá: «Creer que nosotros seríamos incapaces de matar es un ejercicio hipócrita, una mentira. Estoy seguro de que haríamos lo mismo que he visto hacer a otras personas de otras nacionalidades, otras religiones, otras culturas, otras etnias, otras situaciones económicas o políticas».

En su labor se vio obligado a protegerse de tanta violencia. Y lo hizo intentando mostrar aspectos de la realidad que ensalzan lo mejor del ser humano, que, golpeado por la violencia, se comporta con dignidad: civiles que intentan restaurar la empatía en medio del conflicto. «Esto era importante para mí -aduce-, porque me daba una visión más positiva del ser humano».

Llegó un momento en que tuvo que cambiar el encuadre. «Dejé de fotografiar muertos y decidí empezar a fotografiar vivos». Fue una decisión perfectamente consciente, localizada en el tiempo. Lo tiene clarísimo. Ocurrió en los Balcanes. «En el cerco de Sarajevo, 1993, llevaba diez años trabajando en zona de guerra, pero era muy joven. En Centroamérica había visto mucha matanza, en Bosnia... Y de repente empecé a fotografiar a los vivos en vez de a los muertos. Llegué a la conclusión de que los muertos eran el menor problema de la guerra, se enterraban y punto final. ¿Pero qué pasaba con los vivos? ¿Con la gente que se defendía de manera sobresaliente ante la violencia? ¿Con la gente que quedaba atrapada por la guerra? ¿Con la gente herida, y la que sufría estrés postraumático? Todo esto me pareció fundamental para tratar de mostrar al ser humano víctima del conflicto bélico». Aparentemente parece esta una opción más personal, más moral que periodística. Él niega este razonamiento.

La objetividad no existe

«El periodista tiene la opción de mostrar lo que ocurre de manera rigurosa y sin engañar a nadie, pero evidentemente de manera subjetiva. La objetividad no existe, es una mentira que habría que rechazar desde el primer día de universidad. Yo puedo cubrir una guerra desde donde se dispara o desde el lugar donde caen los disparos. Si estoy en el primero es más posible que no me pase nada, en el segundo puedo morir, pero yo prefiero estar en el lugar donde caen las bombas. Eso es subjetivo, como todo punto de vista. Pero yo soy riguroso y busco mostrar lo que ocurre».

Sánchez asegura que entiende mejor lo que está ocurriendo cuando se halla al lado de las víctimas. «La verdad es la primera víctima de la guerra, y no lo digo yo [se le atribuye al senador estadounidense Hiram Johnson, pero también al dramaturgo griego Esquilo]. Y la única verdad incuestionable de una guerra son las víctimas civiles. Cuanto más cerca estás de las víctimas civiles más cerca estás de la verdad».

También por eso, sostiene, hay que publicar la foto de Aylan, el niño kurdo-sirio de 3 años que apareció ahogado en una playa de Turquía, en el 2015. «Porque en una playa los niños juegan a hacer castillos de arena, no a morir huyendo de la guerra». Lo que deplora es la orgía declarativa de tertulianos que la usaron para hablar excátedra de la guerra sin conocerla, y también que no haya servido para cambiar la vergonzosa política migratoria de la UE.

«En las guerras no hay animales ni monstruos»

Rechaza Gervasio Sánchez que esto de que toda persona pueda matar en un momento dado suceda por la condición animal del hombre tantas veces apelada: «¿Que aflora el animal? Será por cobarde. Acabamos por creer que como nos convertimos en animales eso nos justifica. Nos convertimos en monstruos y eso nos justifica. En las guerras no hay animales ni monstruos, hay seres humanos que matan y seres humanos que no se atreven a no matar. Esa es la historia. Es más fácil matar que no matar. Porque si matas porque en ese momento hay que matar nadie te va a juzgar, pero si no matas es muy posible que mueras. Esa es la diferencia». El fotógrafo ha trabajado con niños-soldado, y dice que ellos son bastante menos hipócritas que los adultos en la asunción de sus motivaciones para matar. Y vuelve sobre la cobardía para anotar que «los seres humanos callamos cuando hay que callarse». En la guerra, prosigue, aprendió que los culpables no son solo los que disparan, son también los que jalean a los que disparan, y eso puede ocurrir en un conflicto abierto o en zonas donde se está ejecutando o matando al vecino, haciendo limpieza, porque el vecino es de diferente ideología o de diferente etnia. «La mayor parte de los ciudadanos no actúan valientemente intentando entorpecer al que mata, sino que acaban callándose ante el que mata, guardando silencio, colocándose de perfil, señalando al que hay que matar o colaborando con el que mata. Esto debemos tenerlo muy en cuenta si queremos conocer la realidad para poder avanzar, mejorar», advierte.

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