El día en que Pelé jugó en Riazor


Inmersos como estamos en pleno Mundial y con este calor veraniego no puedo dejar de hablarles de lo que sucedió en Riazor hace hoy justamente 59 años. Yo no estaba allí, por supuesto, pero la anécdota de lo que pasó aquel 21 de junio de 1959 ha quedado grabada en la memoria de muchos coruñeses, y cómo no, en la de mi familia. Mi padre aún me lo recordó este fin de semana mientras veíamos el gol de Coutinho, y repasaba con sus nietos las mejores jugadas de los grandes futbolistas de la historia. Los niños, hechos a ver en YouTube cualquier detalle grandioso de Cristiano, de Messi, de Iniesta o hasta de Maradona, son capaces de repetir una y mil veces los goles de sus cracs y no se imaginan lo que supuso en 1959 ver por primera vez a un ídolo como Pelé en Riazor. Cuando no había siquiera televisión en Coruña y las únicas informaciones eran las crónicas que se publicaban en los periódicos.

Fue en el XIV trofeo Teresa Herrera, mi padre tenía entonces 12 años y relata la historia con la misma emoción con la que la vivieron todos los aficionados (¡40.000 nada menos!) que presenciaron aquel partido entre el Santos y el Botafogo. Pelé había destacado en su debut un año antes, en el Mundial en que Brasil le ganó a Suecia, y todos los coruñeses que asistieron a aquel encuentro estaban ansiosos por ver a ese jovencísimo Pelé (tenía 19), que en aquel partido con el Santos se enfrentaba al Botafogo de Garrincha. Fue tal el espectáculo, tal la maravilla del brasileño que el estadio entero se rindió a su ginga, a su manera bella de tocar la bola, a ese espejismo de lo que era en sus pies más que fútbol, una capoeira artística que encandiló a toda la grada. Pelé marcó un golazo de los cuatro que encajó el Botafogo, provocó el penalti que le dio el primer tanto a su equipo y le anularon otro. Estuvo inmenso.

Riazor se puso en pie y rompió en aplausos para despedir a aquel jugador que ya era una promesa, pero que todavía tenía que hacer historia. En los ojos de mi padre, un chavaliño de San Amaro impresionado por aquella calidad técnica y todas las virguerías del brasileño, se quedaron grabados los regates y esa manera única de jugar do rei do futebol. Me puedo imaginar a finales de los cincuenta, sin tele, lo que tenía que ser disfrutar de un espectáculo así y poder contarlo. Solo les quedaba a los críos el boca a boca e intentar imitar en la calle una y otra vez esas jugadas magistrales con el balón. El Teresa Herrera era entonces un espectáculo, un mundialito que marcaba para siempre. Tanto que mi padre años después, cada vez que entraba en Riazor para jugar como juvenil en el Dépor, siempre se fijaba en la enorme foto de Pelé que quedó colgada en el ambigú de Tribuna como recuerdo. Hoy no queda rastro de la imagen, pero sabemos bien la historia de la única vez que Pelé jugó en Coruña.

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