Una tarde en el dispensario

Un periodista y un redactor gráfico acompañan a los médicos voluntarios que de forma altruista pasan consulta a decenas de enfermos de tuberculosis


Redacción / la Voz

«Por los anchos ventanales penetra la luz como en el taller de un artista. Viéndolo por fuera, nadie evoca memorias tristes [...]. No hemos de negar que al subir las escaleras del vestíbulo nos conmovió una impresión penosa, mezcla de curiosidad y recelo». Podría ser el comienzo de un reportaje de la sección La Voz en, que cada jueves convierte esta última página en los ojos del lector en cualquier rincón de Galicia. De hecho, casi lo es. Forma parte de Informaciones de La Voz, una serie que hace más de cien años tenía el mismo objeto. Y que vista desde otro siglo es ya un granito de historia social.

En este caso, en 1907, dos redactores pasan «Una tarde en el dispensario» que echa a andar en A Coruña para atender a los enfermos de la temida tuberculosis. «Traspuesto el umbral, esperaban los tísicos el turno para la consulta. Eran muchos: obreros, marineros, mendigos, mujeres, niños, infelices gentes que reflejaban en sus rostros macilentos los efectos del mal».

En la sala, «destacaban pintadas en negros caracteres las más asequibles máximas de vulgarización higiénica: No fumarás. No beberás alcohol. Guárdate de trasnochar...». De pronto, «una puerta se abre al fondo. El doctor Fraga, envuelto en amplia blusa blanca en que campea la cruz roja de la Liga Antituberculosa, asoma mirando a los enfermos». Le toca al número 40, «un mozo encogido, flácido». Pasa al consultorio, una dependencia «bañada por el sol, que recorta un gran espacio de luz en el pavimento de mármol», y «con él vamos nosotros».

En el consultorio

El hombre, «joven, jadeante, sudoroso», se desnuda ante varios médicos y sube a una báscula. «Poco pesa aquel débil cuerpo [...]. Se le coloca en su diestra el dinamómetro para que lo oprima y determine la fuerza de sus músculos. Él aprieta, aprieta cerrando el puño, rechinando los dientes». Con la vista en el resultado, el doctor pregunta por qué no ha acudido antes al dispensario. «Él se sincera [...]. Vive lejos, no quería dejar el trabajo. Tuvo que abandonarlo al fin porque no podía más». En su torso, «mezquino, desmedrado [...], cuéntanse los huesos a través de la piel amarillenta». Tras una auscultación, «impónese emplear el termocauterio [...]. Mientras le embadurnan la espalda de yodo, pónese al rojo blanco el aparato».

«No tenga usted miedo. Ánimo. Es para curar...», le dice el médico antes de que el «ardiente punzón» marque «unos cuantos botonazos en la tetilla derecha del desdichado, que se estremece mordiéndose los labios, sin exhalar un grito».

«Nos inmutamos», reconoce el periodista. «Un fuerte olor a quemado se extiende por la sala. Después... se dan al enfermo dos o tres vales para que adquiera leche y huevos. Se le envuelve el pecho en algodones, se le entrega un frasco de histógeno y un botellón de sublimado [...]. Todo gratis».

«El desfile continúa» a lo largo de la tarde. Al tiempo, en el laboratorio, «inclinado sobre el microscopio, trabaja el doctor Rojo. Ni nuestro saludo le distrae. Persigue tenaz el descubrimiento de bacilos».

«Curar no es bastante»

De pronto, «se oyen gritos lejanos, voces de niño, angustiadas y débiles. Es un chiquillo de cuatro años, hijo de una pobre. Se le está aplicando el cauterio». El doctor Gomar interviene: «Curar no es bastante -dice-. Hace falta preservar a los demás».

«Antes de salir, hacemos una última pregunta:

»-¿Cuántos tísicos murieron el año último?

»-Ciento cincuenta y nueve. El mal decrece y más víctimas pudieran arrancársele».

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