Ser de barrio es ser de todos los barrios


Se lo escuché el otro día en la radio al escritor de Sant Adrià de Besòs Javier Pérez Andújar, que es el que más sabe de barrios del mundo (o al menos del mundo de los barrios):

-Ser de barrio es ser de todos los barrios.

Nada más cierto. Me acordé hace algunas noches de la frase cuando acabé sentado, no sé muy bien cómo ni por qué, en una terraza de la plaza de Vigo y me puse a contar cuántos jerséis por los hombros pasaban por delante de mi Estrella bebida a morro -por la copa no paso ni en la plaza de Vigo, hasta ahí podríamos llegar-. Después de treinta o cuarenta jerséis por los hombros contabilizados -todos en tonos pastel y anudados sobre el pecho- me di cuenta de la gran verdad de la sentencia de Pérez Andújar. Ser de barrio es ser de todos los barrios. Así que uno, pase lo que pase en su vida, llegue adonde llegue, nunca deja de ser su barrio. A menos que reniegue del barrio. Pero renegar del barrio es incluso peor que cambiar de equipo de fútbol. Uno puede cambiar de pareja, de trabajo, de compañía telefónica, hasta de médico de cabecera. Pero lo que uno nunca puede hacer es cometer la traición de dejar su equipo o su barrio primigenio.

Por eso los de barrio nunca acabamos de estar cómodos en todos los centros de A Coruña -hay tantos que ya no sé-: ni en los Cantones, ni en Cuatro Caminos, ni en la plaza de Vigo y sus jerséis por los hombros andantes. El centro, los centros, están bien para dar un garbeo el sábado por la tarde y bajarse un helado en la Colón. Pero nada más. En cambio, si uno es del Ventorrillo y se da un paseo por la ronda de Outeiro, los Castros, Monte Alto, los Mallos, la Sagrada o Monelos, se siente como en casa, aunque camine por calles que jamás haya pisado previamente. Porque se encuentra con la misma peluquería Merchi, la misma mercería Nieves, la misma frutería de la señora Lola e incluso con un clon del quiosco de Juan, donde lo mismo compras La Voz que un tarro de miel.

Ser de barrio es ser de todos los barrios. Aquí y en Sant Adrià de Besòs. Porque tropezamos con el bareto de la esquina, el estanco donde todavía venden sellos -ahora son como plateados y llevan la efigie del rey Felipe VI-, la floristería Purita y la papelería Toño, donde aún venden afilas, libretas y lápices Staedtler HB número 2.

En el barrio los vecinos todavía se saludan por su nombre y no quieren mudarse a ningún otro sitio de la ciudad porque son ya la segunda o tercera generación que vive atrincherada en las fronteras de su Little Big Horn. Esperemos que, aunque solo sea en esta ocasión, el coronel Custer y el Séptimo de Caballería resistan, y que el barrio no sucumba al avance despiadado de las multinacionales, las franquicias y otras especies invasoras del centro urbano.

Por Luís Pousa Coruñesas

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