Ángeles Marzoa: «Tener la caja llena y el local a tope es mi estrella Michelin»

La copropietaria del Jaleo define su cocina como «tradicional y femenina»


Cumplió 36 el 1 de mayo. Dice que su novio es el hombre de su vida. «Si algún día nos casamos, prefiero unos Manolos a un anillo. Los zapatos y los bolsos son mi perdición», confiesa. No se plantea tener hijos. «Soy muy madraza, pero por el momento lo que tengo son nueve empleados», apunta Mari Ángeles Marzoa Bra. «En casa soy María, pero profesionalmente, Ángeles. Cuando entré a trabajar en A la Brasa, la segunda jefa de cocina era María, así que para distinguirnos…», recuerda. Lo curioso es que en este restaurante conoció a Juan, su pareja, y a Marco Antonio, su socio en el Jaleo de la calle de la Galera. «El 8 de agosto cumplimos cinco años. Desde que abrimos hasta hoy ha sido un éxito», destaca y toca madera en la mesa que compartimos en O Sampaio de la Marina.

«Mi cocina es tradicional y femenina. La mayor parte de mi clientela son mujeres», confiesa esta chef que no piensa en premios ni reconocimientos. Tener la caja llena y el local a tope es mi estrella Michelin», sentencia y bebe un sorbo de café con leche. 

En la Casa Cuna

La tarde es agradable. Luce el sol y la gente busca sitio en las terrazas. Viste de primavera. «Soy muy coqueta. En redes sociales publico mi vida, pero no la de otros», afirma una de las únicas mujeres que forman parte del colectivo Coruña Cociña. «Solo Iria y yo. Es muy triste que no suenen más nombres de mujeres. Es un mundo demasiado masculino, aunque en mi cocina somos cuatro chicas», destaca.

Es natural de Albixoi, Mesía. «Nací en casa. Mi madre se puso de parto, el hospital más cercano estaba lejos y en aquel momento no estaba el coche en casa», recuerda. Cuenta con sencillez la muerte de su padre en un accidente de coche. Su llegada a la Casa Cuna. Su vida como interna en La Milagrosa con dos hermanos. «Fui una de las pocas mujeres matriculadas en el Calvo Sotelo. Dormía con las monjas y estudiaba con los curas. Salí muy buena, pero no santita», comenta. «Algunas de las que eran mis guardadoras son ahora clientas de mi local. Siempre me trataron fenomenal, no puedo decir nada malo», confiesa. Una y otra vez habla de su abuela. Hasta se emociona en algunos momentos de la charla. «Me enseñó a hacer tortillas, callos, cocido, las cosas de casa. Después enfermó y yo con 15 años hacía la comida para toda la familia», recuerda Ángeles, que durante un tiempo se formó en el colegio María Inmaculada para ser puericultora, pero pronto se dio cuenta de que «no era lo mío». 

Siempre con Lola

Recuerda sus inicios de camarera en el bar El Birloque. Los fines de semana en el desaparecido Casa David. «Hacíamos 12 kilos de callos. Si no hubiese cerrado, seguiría allí, era una gente encantadora». Llevamos un rato charlando y me doy cuenta de que habla bien de todo el mundo. «¿Qué ganas con hablar mal de nadie? Lo malo lo aparto de mi vida», sentencia.

Pasó por diversos locales, limpió casas, se independizó… «Fue algo que me enseñó muchas cosas», recuerda. Tras la citada etapa en A la brasa entró en A Estación de Cambre después de tres entrevistas. «Fueron dos años en los que aprendí a hacer cosas que desconocía», reconoce esta profesional que lo mismo prepara callos que esferificaciones. «Lo que más pide la gente es el sanmartiño frito y el salmón marinado. A mí me gustan unas buenas alitas de pollo comidas con las manos. Las ostras y las alcachofas es de lo que menos me agrada», confiesa.

Su gran pasión es Lola, su perra golden. «Estuve a punto de traerla a la entrevista», confiesa. En su poco tiempo libre va a otros negocios de hostelería. «Hago fotos y saco ideas. No voy a copiar», asegura. Dice que, como buen tauro, «soy muy cabezona», y reconoce que su gran virtud es que «hasta de lo malo extraigo algo positivo». Paseamos hasta el Obelisco. Hace calor. «Podría vivir en una playa», me dice Ángeles Marzoa con su media sonrisa.

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