Un rincón analógico en María Pita


En María Pita, torciendo a la derecha según sube uno desde Puerta Real por María Barbeito -que, salvo estropicios municipales, sigue siendo la calle más corta de A Coruña-, hay un rincón analógico del que ya nadie se acuerda.

Allí, junto al portal número 11 de la plaza se juntan en un par de metros cuadrados una cabina telefónica, de las de meter monedas y marcar el número mirándolo en la agenda de bolsillo, y un buzón. Esta esquina agazapada bajo los soportales de nuestra plaza mayor es un poco El Álamo, donde solo resisten un par de tejanos frente al ataque de las tropas mexicanas. No sé, será que voy mayor, pero a mí me produce ternura ver la cabina, con las instrucciones de Telefónica para que puedas enviar SMS desde el terminal, como cuando no había WhatsApp ni Telegram ni estas mil cosas que nos hacen perder media vida sacando chepa sobre el teclado del móvil. Si hoy en día alguien quisiera escribir qué sé yo, Guerra y paz, lo primero que tendría que hacer sería tirar el móvil por la ventana y comprarse un paquete de mil folios y un rotulador Pilot. Luego, si tuviese que llamar a alguien por teléfono, o incluso mandarle un SMS en plan señales de humo, le bastaría bajar al 11 de María Pita, llevar algo de dinero suelto y descolgar el auricular de Telefónica, que creo que ya solo se llama así en las cabinas y los registros que hay en el suelo, donde todavía pone Compañía Telefónica Nacional de España.

Pero incluso más provocador que la cabina de teléfonos es el buzón. Un buzón amarillo de los de toda la vida, pintado con el logo de Correos, con su ranura institucional para depositar las cartas y postales y su «horario límite de recogida»: de lunes a viernes, a las 17.00 horas; sábados, 13.00 horas. No van a estar a todas horas vaciando la saca de las cartas, sobre todo cuando la central de Correos de la Marina queda a tiro de piedra, o a tiro de mortero, no sé, lo de la balística nunca ha sido mi fuerte. El caso es que tiene algo de heroico, de titánico, en tiempos del correo electrónico acercarse allí una mañana y dejar tu carta -aunque se trate de una carta a uno mismo, o una carta a las golondrinas, como las que escribía Ramón Gómez de la Serna- en el buzón y saber que hasta las cinco de la tarde no pasará por allí el funcionario para recogerla y llevársela a la Marina. ¿Qué harán durante todo ese rato de espera las cartas? Igual aguzan el oído para escuchar las conversaciones del tipo anónimo que descuelga el teléfono, se refugia entre los cristales de la cabina y llama a algún lugar lejano.

Lo curioso es que este rincón analógico del 11 de María Pita se mantiene en pie justo a dos o tres metros de un local llamado Ginza Sushi Bar. Se ve que el maki, el temaki e incluso el sashimi no están reñidos con los últimos cacharros de nuestra antigüedad.

Autor Luís Pousa Coruñesas

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