Fernando Rey Wonenburger: Oscar Wilde en el dandismo y Dorian Grey en la juventud

Falleció el pasado 6 de abril


En realidad el apellido alemán de Fernando Rey Wonenburger no hacía más que añadir coquetería a quien, cuando era todavía un veinteañero, admirábamos todos los adolescentes, porque era guapo, llevaba sobre los hombros un jersey rojo y tenía un Seat 600. Fernando, de familia metalúrgica y matemática, como los Thyssen o los Krupp, de armadores de pesca como Spencer Tracy, era Oscar Wilde en el dandismo y también su Dorian Grey, poseedor de la eterna juventud. Hedonista, epicúreo y culto, magnífico dibujante y escritor preciso, su mayor virtud, sin embargo, era su generosidad. A Fernando le gustaba la gente y se movía entre pintores y bohemios como los pacíficos escualos entre las lubinas de la Casa de los Peces. Mecenas de muchos artistas, a los que su apoyo económico sirvió muchas veces para salir adelante, desde los lejanos años de La Naval, frecuentaba los sótanos donde se tramaban las tendencias, con los grandes, Chelín, César Otero, Tim Behrens... De vez en cuando se escapaba a descansar a Cervo con su amigo Isaac Díaz Pardo, o a la playa de Carnota. Fernando, que era mayor que yo, cuidaba lo que podía a mi hermano Javier, que le fue abriendo el camino con esto de la muerte hace apenas unos meses. Un mutis que había empezado César con cincuenta y dos en el 2004, y al que siguió Tim hace poco más de un año. Deja por aquí una colección de arte que dará que hablar, unas mujeres que lo querían, María, Pura... madre, dos hermanos y a su hijo Manuel, por quien hubiera dado la vida. Y también deja centenares de amigos, como yo mismo, que lo echaremos de menos.

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