«Todos podemos hacer pequeñas cosas que cambien el mundo»

Cooperante arteixana con 10 años de bagaje a sus espaldas, ahora trabaja en un proyecto de ayuda humanitaria en Palestina

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A CORUÑA / LA VOZ

No corren buenos tiempos para presumir de ser cooperante. Por eso, la arteixana Sandra Dacosta García ha querido explicar el trabajo que ella desarrolla para Médicos del Mundo -que no es una de las oenegés actualmente en entredicho- en Palestina. Se trata de un proyecto de salud mental, financiado en parte por la sociedad gallega, a través de nuestros impuestos. Sí. Toca ser transparente.

-¿Cómo acabó en Palestina?

-Estudié Educación Social en la Universidade da Coruña. Después, hice Pedagogía en Santiago y, a partir de ahí, empecé a formarme en el mundo de la cooperación y la educación para el desarrollo. Estuve cuatro años trabajando en educación y sensibilización en Galicia, luego me vine aquí a Palestina y después a Egipto, Etiopía, el Líbano -en medio de la crisis de los refugiados sirios- y, otra vez, de vuelta a Palestina.

-Así que ya acumula una larga experiencia como cooperante.

-Sí. En abril hará diez años que soy cooperante. [Tiene 33 años]

-¿Cuándo sintió «la llamada»?

-Los derechos humanos y la justicia social siempre me han interesado. En cuanto me empecé a especializar en educación para el desarrollo, ya me di cuenta de que eso era a lo que me quería dedicar: a poder mostrar otras realidades. Además, estemos donde estemos, todos podemos hacer pequeñas cosas que contribuyen a cambiar el mundo.

-Es una gran frase. Mucha gente pequeña haciendo cosas pequeñas en lugares pequeños pueden cambiar el mundo.

-No tenemos que ser heroínas ni hacer grandes cosas; no tenemos que ser presidentas del país, sino que, en nuestro día a día, haciendo cosas pequeñas podemos cambiar el mundo.

-¿Y qué «pequeña hazaña» está haciendo usted?

-Trabajamos por el derecho al acceso a la salud de la población beduina que vive en Jericó y en la periferia de Jerusalén.

-Afortunadamente, no está sola.

-No, trabajo con un equipo formado por psicólogas y trabajadoras sociales. Intervenimos en caso de que haya un incidente de violencia política como, por ejemplo, una demolición de una de sus casas, una confiscación o que los colonos ejerzan la violencia contra la población beduina. En cuanto algo de eso ocurre, se activa un protocolo en colaboración con las Naciones Unidas y se les facilitan los primeros auxilios psicológicos y las necesidades básicas.

-¿Cuáles son sus primeras necesidades?

-Si a usted le dicen de repente que su casa ya no existe, lo último que le va a importar es su salud mental; primero querrá saber dónde va a dormir o qué va a comer su familia… Por eso, primero les orientamos para conseguir esos recursos y luego empezamos a trabajar con la salud mental. El shock de la demolición suele venir unos días después.

-¿En qué se diferencian los problemas de salud mental que trata ahí de los que tenemos aquí?

-Algunos son coincidentes, como el no saber gestionar la ira o el estrés pero, en general, son distintos. Ellos tienen otro tipo de ansiedad, como de miedo al futuro y con pesadillas constantes. Hay familias que incluso duermen con ropa porque tienen miedo de que los soldados entren en cualquier momento o pueda haber demoliciones de noche. Antes de pasar por la humillación de que les vean en pijama, prefieren dormir directamente con ropa. Y eso a mí me choca mucho. En Galicia, si no sabes cómo tienes que hacer para renovar el DNI, preguntas y malo será. Pero aquí el no saber cómo tienes que gestionar tu día a día genera una ansiedad muy grande.

-¿En qué zona se están registrando estas demoliciones?

-En la zona de autoridad militar israelí. Se quiere mover a las comunidades beduinas hacia las zonas controladas por las autoridades palestinas y se demuelen las estructuras habitacionales bajo la excusa de que no hay permisos. Y es que no los dan. Pero son sus tierras.

-No es un tema que esté muy presente en la agenda mediática internacional.

-Es un deshacer país pasito a pasito que no llega a ser noticia. Y es la impunidad total.

-¿Cómo es su día a día en Jericó ?

-La vida aquí es muy tranquila y muy cómoda. Comparado con otros países en los que nos toca trabajar, somos unos privilegiados. Solo me quejo de los 50º en verano. Estos días, ¡son 22º!

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