«Que no vea no significa que no pueda vivir por mi cuenta »

Dos desprendimientos de retina la dejaron sin vista. La soledad fue para ella una elección, aun con su minusvalía

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A CORUÑA / LA VOZ

El edificio es de los más antiguos de su calle, Marqués de Pontejos, y para llegar hasta el piso de Mari Carmen, Cari, como prefiere que la llamen, hay que subir tres pisos. No hay ascensor, «ni se puede instalar», por la estructura del inmueble. La anécdota supone toda una aventura para esta vecina de A Coruña que se quedó sin vista a los 59 años. Ahora va camino de los 70. «No veo absolutamente nada», dice serena y con una sonrisa. Se le desprendieron las retinas de los dos ojos. La operaron cinco veces, pero no hubo remedio para ella. Tuvo que dejar de trabajar y eso fue lo único que quiso que cambiara en su vida. Se negó a renunciar a su autonomía, a vivir sola y a su aire. «Al principio, se me vino el mundo encima», confiesa. Pero luego, tras una conversación consigo misma, tomó la decisión: «Esto es lo que hay y te tienes que adaptar. Si antes una cosa te llevaba media hora, ahora te va a llevar hora y media». De eso ha pasado una década.

Volver a empezar

Cari se resiste a perder su independencia. «No pasa nada. Estoy feliz, me apaño perfectamente». Está soltera, «¡y sin compromiso!», advierte. Para demostrar cómo se las arregla insiste en planchar una camiseta. Camina hasta el dormitorio, busca instintivamente el enchufe en la pared y comienza la faena. «También pongo la lavadora, tiendo la ropa y en el cuarto de baño no necesito a nadie. Tengo las cosas de mi mano y no ando titubeando», asegura. «Mi problema es en la calle. Tengo miedo a tropezar, las aceras deberían ser más lisas», pide.

Por la ley de dependencia, explica, una persona la acompaña tres veces por semana, «para ir a la compra, a hacer recados o venir conmigo hasta la ONCE». La comida corre a cargo del Ayuntamiento, que se la sube a casa. Además, cuenta con las visitas de su sobrina. «Viene los viernes. Me saca a pasear, como el que saca a un perrito», ironiza. La soledad fue para ella una elección. «Tengo una forma de pensar un poco rara para muchos», revela satisfecha. Ella es de las que cree que «no se puede vivir amargada». Sobre la posibilidad de abandonar su piso es clara: «Yo en mi casita estoy como un rey en una cesta».

Tiene a mano el medallón del servicio de teleasistencia. Lo valora, especialmente, para las noches, «si te pasa algo tienes a quién recurrir». Por las tardes le gusta sentarse a escuchar películas: «En la ONCE las tienen adaptadas, una colección muy grande, y las puedes traer a casa». Está encantada de recibir visitas pero, «después de un rato cada uno a su casa y Dios en la de todos». Cari avisa: «Si estoy con la tele a mí que no me molesten».

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