«El caso por el que más cobré fue una infidelidad que nunca se demostró»

La crisis alcanza a los detectives. Gonzalo Solís narra la evolución de la profesión entre un sinfín de anécdotas


A coruña / La Voz

-¿Entonces el juicio se suspende otra vez?

-[...]

-Bueno, pues ya me avisarás.

Gonzalo Solís cuelga el teléfono en su despacho de detectives. «Nada, que sigue la huelga». Es un habitual de los juzgados, a donde suele llevar numerosas pruebas de cargo. «El juez nos considera testigos-perito, se fía especialmente de nosotros».

Tiene 67 años y ante su horizonte no asoma la jubilación. El negocio le ha dado una vida ajetreada a la que es incapaz de renunciar. Esto engancha. Mira el pasado con nostalgia, un pasado que está recogido en un archivador con 6.500 nombres. Son los casos en los que ha trabajado desde que empezó hace más de cuarenta años. Están redactados a máquina de escribir, lo que les da un toque melancólico. Ahí hay búsquedas de desaparecidos, desconfianzas de pareja, investigación empresarial, e incluso una visita a la central nuclear de Zorita (Guadalajara) para evitar el desembarco de aeroplanos de Greenpeace.

Las anécdotas no tardan en emerger en la amena conversación. El negocio (de nombre Inve Detectives Privados) no va tan bien como antes, la crisis ha salpicado, pero esos recuerdos no tienen precio, son su particular patrimonio inmaterial. Empecemos por una de 1997, cuando una empresa lo contrata para que investigue la visita de una gran multinacional a la competencia. Gonzalo acude a un pequeño aeropuerto del norte, donde aterrizaban los directivos. «Pero antes fui al baño y cuando estaba en los aseos entró uno de los empresarios hablando por el móvil contándolo absolutamente todo sobre la operación financiera. Y yo allí, sentado en el váter, comencé a apuntar...», dice entre risas. Cuando le llevó la información a su cliente, este se interesó por cómo lo había conseguido. «Le dije que mi sistema de trabajo era confidencial».

La vida laboral le llevó por toda España, «islas incluidas», a Portugal, Luxemburgo, Inglaterra, Francia e incluso a Estados Unidos. Fue un divorció lo que motivó su viaje a Nueva York. El marido quería liquidar el vínculo por cuatro duros. «Pero allí descubrí que tenía un gran patrimonio», relata Gonzalo. Así que su clienta se acabó llevando 100 millones de pesetas (600.000 euros).

-¿Hubo comisión?

-No, en este trabajo las comisiones son contraproducentes. Se pueden desvirtuar los objetivos, yo cobro un fijo, resuelva o no el caso, más los gastos que motiva la propia operación. 

Las aseguradoras ya no llaman

Muchos de esos 6.500 casos eran reclamos de compañías de seguros que sospechaban de fraudes de sus clientes. Pero la evolución de las leyes ha tapado esas fugas, hasta hacer innecesaria la subcontratación de detectives. «Ahora la gente ya no se hace tanto la enferma para irse cuatro días a una boda o atender otro trabajo,... si te tocan el sueldo por los primeros 15 días de baja se lo piensan», argumenta Gonzalo. Y lo mismo ocurre con los baremos en los accidentes de tráfico. «No veas la de servicios que hacíamos cuando las indemnizaciones se disparaban a 500 millones de pesetas, ahora esas cifras no existen, menos trabajo para nosotros».

A la explicación le sucede otra anécdota. «Mira qué curioso, el caso por el que más cobré fue una infidelidad que nunca se demostró», confiesa. Él debía vigilar a un marido supuestamente ligero de cascos, pero tras varias vigilancias concluyó que aquel hombre era un bendito. «Así se lo hicimos saber a la clienta, pero ella insistió y nos tuvo años trabajando de vez en cuando en este caso. Luego, más que desconfianza en su pareja, vimos que a ella le gustaba tenerle controlado, saber dónde estaba, y eso se lo proporcionábamos nosotros».

Con esta agitada e irregular vida laboral su matrimonio tampoco fue sencillo. «Vi nacer a mis hijos y tuve que marcharme a los pocos minutos del hospital».

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