«Por el currículo de una investigadora puedes saber la edad que tienen sus hijos»

Científicas de la UDC reclaman más fondos, la visibilización de su trabajo y el fomento de vocaciones tempranas en ciencias no sanitarias


a CORUÑA / LA VOZ

«No es de aquí, es un problema mundial. En Silicon Valley la gente que trabaja en ciencias de datos, tecnología, matemáticas, ingenierías, la mayoría, son hombres. Tenemos un problema enorme, el futuro va a depender de lo que ocurra ahí, son lugares donde se toman decisiones, y no vamos a estar. Tenemos que captar chicas», alerta Amparo Alonso, catedrática, coordinadora del Laboratorio de I+D en Inteligencia Artificial (Lidia) de la UDC -integrado por más mujeres que hombres- y presidenta de la Asociación Española de Inteligencia Artificial.

«Antes yo no era favorable a las cuotas, pero la discriminación positiva contribuye a dar visibilidad y a que haya más mujeres. Si vas a un aula de segundo de bachillerato de ciencias verás muy poquitas chicas, dos o tres. Es muy preocupante», relata la investigadora, acostumbrada desde sus inicios a ser la única mujer entre hombres y desconcertada con el insignificante conocimiento que parecen albergar los jóvenes sobre científicas más allá de Marie Curie. La celebración el domingo del Día Internacional de la Mujer y la Niña en la Ciencia afirma la realidad frente al estereotipo. «Somos muchas investigando, aunque a medida que avances encontrarás menos. Mayoría abrumadora en la carrera, en el predoctorado, en el postdoc... pero catedráticas, pocas», advierte Mónica Folgueira, que observa discriminaciones de sesgo en la valoración de un currículo o de un proyecto, pero no tanto en la actividad diaria. Conciliación aparte. «En Londres, como todos éramos extranjeros y no había abuelos, sí veías a los hombres más implicados», cuenta la neurocientífica. «Yo siempre digo que por el currículo de una investigadora puedes saber la edad que tienen sus hijos, porque efectivamente tienes que hacer un parón en tu carrera», reconoce Alonso. 

Miedo y tolerancia al fracaso

Alarmada por las aulas masculinizadas y convencida de que se ha producido «una involución» en la igualdad, esta experta en big data plantea preguntas: «¿En qué momento cambió el rumbo? ¿Hemos trasladado una versión demasiado rigurosa de la ciencia a la hora de explicar para qué sirven las cosas? ¿Fallamos al encumbrar el éxito? ¿Está el miedo al fracaso detrás de la baja matrícula de chicas en Ciencias?». Y abunda Folgueira: «¿Son más competitivos los hombres, tienen más tolerancia a la frustración?».

Ambas coinciden en la dureza de la carrera científica, incierta, precarizada, capital para el desarrollo del país y expulsada de la agenda política por su incapacidad intrínseca para producir réditos electorales. «Necesitamos tiempo y constancia. Hoy estamos compitiendo por la financiación con nuestros propios doctores, a los que formamos, se ve que bastante bien, y que se han ido a trabajar en equipos consolidados de otros países», denuncia Alonso. 

Mónica Folgueira
Mónica Folgueira

«Los científicos también comemos»

Mónica Folgueira (Narón, 1977) dedicó su tesis doctoral al sistema nervioso de la trucha. Podría parecer que el tema no guarda relación con el cerebro humano y de hecho a esta profesora de la UDC no dejan de sorprenderle las reticencias -ajenas al ámbito científico, eso sí- al empleo de modelos animales en la investigación. «Creo que las reservas radican en la idea de que el cerebro humano, efectivamente, es mucho más complejo. Muchas veces me preguntan extrañados: «¿Pero aún estás con el cerebro del pez cebra?». Y pienso: sí, y probablemente nunca llegue a entenderlo. ¡Pero es que buena parte de lo que sabemos sobre el funcionamiento del encéfalo humano procede del estudio del calamar! », explica la científica.

 -¿Cómo estudian el encéfalo de los peces?

-Las larvas y los embriones son transparentes, así que con el animal vivo podemos observar las neuronas cómo se encienden y apagan, cómo se mueven, cómo se conectan y qué hace el pez. No es una técnica invasiva, con sistemas microscópicos llegamos a ver rangos de micrómetro, mil veces más pequeños que un milímetro.

-O sea, que no somos tan diferentes de los peces.

-No tanto como imaginamos.

-¿Dónde reside la complejidad del cerebro humano?

-En su diversidad, sobre todo. Hay otros órganos que también pueden tener billones de células, pero no con la diversidad de las neuronas, que cambian, se comunican entre sí, forman circuitos nuevos, también en función de nuevas experiencias, o las células de la glía, los neurotransmisores... Yo creo que todos los neurocientíficos atravesamos una crisis en la que pensamos abandonar y dedicarnos a un órgano más sencillo. Cuanto más sabes más te das cuenta de lo que mucho que te queda por saber.

-¿La frustración es una constante en la carrera científica?

-Yo he tenido muchísima suerte, tengo que decirlo. Después del doctorado estuve cuatro años en Londres, cuando pensaba estar dos, y al mismo tiempo con docencia y proyectos activos en A Coruña. Pero hacer ciencia en España es una carrera de obstáculos, sí. Es frustrante porque la financiación es muy pobre y es muy, muy competitiva, más que antes, es muy difícil conseguir contratos, tienes que ir moviéndote de ciudad en ciudad y llegas a preguntarte si vales para esto. Porque los científicos también comemos y con la edad también necesitamos estabilidad.

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