El lugar de la segunda oportunidad

La violencia hacia sus mayores se convierte en el principal delito por el que los menores ingresan en centros

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a coruña / la voz

Son las ocho y media de la mañana. Se encienden las luces en el centro de menores Concepción Arenal, de Palavea (A Coruña). Los 30 chavales que residen en el centro inician una jornada más. Están allí por un mal paso. Algo hicieron para que un juez dictaminara que, en vez de educarse como cualquier otro ciudadano menor de edad, lo hicieran bajo la tutela de un grupo de profesionales cuyo objetivo es que comprendan que es mucho mejor estar fuera que dentro. Algo que parece obvio, pero a veces no es tan sencillo de asimilar.

En menos de una hora hay que ducharse y arreglar la habitación. «Aquí todo es obligatorio», dice Javier Álvarez, el director del centro. No se puede dejar la cama para más tarde o ducharse después. Uno de los problemas que han traído a muchos chavales hasta aquí (chavales, en masculino, porque ellos son nueve de cada diez internos), es la falta de límites. Nadie asumió el compromiso de fijar con una cierta firmeza lo que se puede y lo que no se puede hacer. Y aquí es lo más importante.

Después de la limpieza, personal y de la habitación, desayuno. Y luego, a clase. Algunos de los internos salen fuera, otros ocupan aulas dentro del centro, en cuya nómina de trabajadores también hay maestros. Algunos no van ya a clase. Son mayores y prefieren no seguir formándose: «En ese caso los contratamos para tareas de mantenimiento». Esta alternativa supone mejorar su formación práctica y conseguir un pequeño rendimiento económico que destinan a las multas que normalmente llevan apareadas las medidas dictadas por el juez.

Tras el paso por las aulas llega algo de tiempo libre. Consolas, televisión, algún libro... ¿móvil? «Aquí tenemos algunas cosas prohibidas», explica el director: «El tabaco, el dinero, objetos contundentes, el móvil. Quienes pasan por aquí tienen una excelente oportunidad para dejar de fumar». No lo dice por decir. Son muchos los que entran fumando. Y no solo tabaco.

Después de comer, la tarde se estructura en un tiempo privado hasta las cuatro, cuando comienzan los talleres, deportes y otra serie de actividades que tienen a los internos liados casi hasta la hora de cenar: «Se trata de que estén siempre ocupados». Hasta la hora en la que se vuelven a apagar las luces: las once de la noche.

En Palavea es donde ingresan los menores que han recibido las medidas más severas por parte del juez. Algunos ya han alcanzado la mayoría de edad, pero la medida los mantiene todavía en el centro. ¿Cuál es el perfil más común?: el de un agresor contra su propia familia. La figura, poco común hace algunos años, ha ido creciendo en importancia hasta convertirse en el caso más frecuente entre los muros del centro: «Son chavales que han perdido todo el respeto hacia sus padres, muchas veces porque les han consentido tanto que cuando quieren hacer valer las normas ya no lo consiguen, y acaban en episodios violentos», explica uno de los trabajadores del centro. El fenómeno tiene una parte positiva: la mayoría de los chavales logran una recuperación relativamente rápida y no reinciden. Pero también otra inquietante: no solo es el principal motivo de ingreso, sino al mismo tiempo el que más crece. «Este es el lugar de la segunda oportunidad -explica Antonio Aparicio, subdirector del centro-. Aquí aprenden que hay otra vida, con sus condicionantes y sus recompensas. En sus manos está el camino a seguir cuando salgan». La mayoría cogen el camino adecuado.

«La mayoría se van de aquí llorando»

Por mucho que se dulcifique, un centro para menores con medidas judiciales es un lugar de reclusión, un recinto donde a nadie le gusta quedarse. O eso es lo que, en principio, cabría pensar: «Cuando se van, la mayoría lo hacen llorando», asegura el director del centro Concepción Arenal, de A Coruña. Parece mentira, pero el subdirector muestra una carpeta atiborrada de cartas de agradecimiento de los chavales que pasaron en algún momento por el centro. «Aquí tienen seguridad, una vida ordenada -añade el subdirector, Antonio Aparicio-. Fuera tienen incertidumbre. Aquí se los escucha, que a veces es mucho más de lo que pueden esperar fuera».

El cerebro de un menor es maleable, recuperable. Ninguno de ellos está perdido. Los profesionales que trabajan en estos centros saben que cualquier episodio, por difícil que sea, es susceptible de que sus protagonistas sean reeducados. Incluso el caso de Bilbao, en el que unos menores acabaron con la vida de un matrimonio de jubilados: «Aunque aquí nunca hemos tenido un caso tan grave».

El último puñetazo

Lo más habitual son los delitos de violencia familiar y los robos con intimidación: «Y hay chavales que no son conscientes, pero robar un móvil amenazando a su dueño es un delito grave que puede hacer que acaben aquí», explica uno de los funcionarios. Dentro del centro, los episodios de violencia son los menos: «Intentamos evitar todos los roces», explica el director: «Aunque a veces es difícil. De todos modos, el último puñetazo se produjo hace ya muchos años». La rebeldía, la desobediencia, se corrige con castigos: «Retiramos privilegios».

Sobre la violencia familiar, los expertos del centro dan otra clave: «La mayor parte de las veces la culpa no la tienen los chavales, sino sus mayores», aunque los que acaban en el centro son los jóvenes.

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