¿Cuántos cafés ponen al día?

VAMOS AL GRANO, en este local sirven más de 500 cafés al día. Se pueden imaginar que el ritmo es frenético. Los clientes no disponen de muchos minutos. Diez, tirando por lo alto. Pero son muy fieles. No perdonan el café con leche y la tortilla de media mañana. Y exigentes. Ellos lo saben. «Viene volando». Tal cual.


Tengo media hora para hacer este reportaje, así que vamos al grano, porque en treinta minutos vuelve el ajetreo, que es la hora de salida de las más de 4.000 personas que trabajan por la zona. No todas, pero muchas no perdonan la caña antes de ir pa´casa, como tampoco el café de media mañana. A las once lo que pasa dentro de este negocio ubicado en pleno polígono de Pocomaco en A Coruña es más digno de un flashmob que de una cafetería. Supongo que al igual que en otros puntos con tanta concentración de empresas. Entramos en este para ver cómo se vive una mañana.

De la barra salen tazas y pinchos a punta pala. Porque aquí el plato estrella es el café con leche y pincho de tortilla. Hay que darse prisa, los clientes apenas pueden ausentarse unos minutos de sus puestos de trabajo, y son raros los que hacen paradas de más de 10 minutos. Devoran la tortilla, «porque está buenísima», se beben el café de un sorbo, abonan la consumición y vuelta al curro. No hay tiempo para más. Pero la situación se repite constantemente, y salvo ratos de relativa pausa como a media tarde cuando aprovechan para hacer limpieza, las seis personas que trabajan en la cafetería no bajan el ritmo ni un segundo. Cada una sabe perfectamente lo que debe hacer y cuándo, (unos hacen solo café, otros solo sirven, otros solo recogen, otros solo friegan) por eso no hace falta ni darles un toque para que refuercen a otro compañero. Como en el fútbol, que por la izquierda no hay juego, pues van por la derecha. Les sale solo. Y cuando están muy al límite, porque ocurre, Juan, que junto con su hermano Luis son los actuales propietarios de Casa Juana, abandona momentáneamente su escritorio de la recepción para echar una mano.

Dos datos para que se hagan una idea del movimiento que hay aquí: ponen más de 500 cafés al día, lo que viene siendo más de 150.000 al año. No es cualquier café. Juan insiste en que es una variedad de primera (arábica 100%), y que sus clientes «que son muy inteligentes, lo saben». Al mismo precio que en otra cafetería de la zona, o más caro, siguen eligiendo parar en este local que ha visto poner los cimientos de las naves que dan vida al polígono.

Se han sabido adaptar a los nuevos gustos, y si hay que comprar leche de soja, además de la natural, se compra. Y ojo, que no es para unos pocos, tienen mucha salida, al igual que la sin lactosa. «A nosotros nos beneficia mucho la construcción, el movimiento de las obras, de hecho es cuando hemos conseguido los mejores picos de trabajo. Cuando llegamos había que hacer las naves. El que pulía, el del tejado... implica mucho personal, sobre todo de fuera. O cuando hubo obra en Matogrande o tocan en la refinería o el puerto exterior.», explica Juan.

La lista de picos buenos no es corta. El gran número de centros comerciales que se levantaron en los últimos años en las afueras de la ciudad han ayudado por descontado a ello. «Hacer la obra, después ya no, después ya no fue nada», matiza. Las obras en cartera, como el polígono de Vío o la entrada al puerto exterior hacen mirar con muy buenos ojos el horizonte. «Es mi tranquilidad, que luego lo vaya a coger aquel o aquel, bueno, pero yo también».

MUCHAS HORAS PUNTA

A diferencia de las máquinas que han levantado las empresas, las que en los últimos años se han instalado en los lugares de trabajo no les han beneficiado en absoluto, «un pecado» en su opinión. «Si tú cuidas tu salud, ¿en qué te fijas? Que el plato esté limpio, que el vaso también... ¿Dónde hay más gérmenes que en los filtros de las cafeteras? El profesional termina por la noche y limpia, a las cuatro de la tarde y limpia... Eso no quita que un día te pueda salir mal un café, que tengas que cambiar los filtros, que te hayas pasado dos días...», explica Juan.

Aquí no hay una hora punta. Hay varias. Las ocho de la mañana, las once, la una de la tarde, después de comer, las siete de la tarde... El ritmo es frenético. Estresante, llega a reconocer Juan. Pero no importa. Hay que valer. Él lo detecta al vuelo solo con ver a alguien servir un café. «¿Tu quieres saber si un futbolista es bueno?, Tírale el balón arriba y ya lo ves. Tienen que tener educación y rapidez. Y un poco de genio también», comenta Juan.

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