Invernantes del Ártico en nuestras rocas

Algunos vuelvepiedras vienen incluso de Canadá y Sienten predilección por las zonas más expuestas


Les dan lo mismo los avisos meteorológicos y las prohibiciones de acceso a la costa durante temporales por parte de la policía municipal. Esas cintas bicolores que franquean el paso hacia las playas o los campos de la torre de Hércules los días de viento y lluvia no van con ellos. Vienen paseando por esos lugares desde mucho antes que las borrascas pasaran a llamarse ciclogénesis. Es más: lo hacen desde su especie existe.

Por si fuera poco, algunos de ellos sienten especial predilección por las zonas más expuestas y salvajes del litoral, esas rocas azotadas por el océano con ira desenfrenada. Cuando viene una ola grande, una carrera y un vuelo corto son suficientes para evitar el remojón. Es verdaderamente divertido observar cómo juegan a las carreras con el mar.

Tocó contarlos

Se llaman vuelvepiedras porque en muchos lugares su forma de alimentarse consiste en poner del revés las piedras que van encontrando para buscar bajo ellas pequeños invertebrados. Aquí hacen lo mismo con las algas, o con los residuos de todo tipo que llegan a los arenales, hoy en día, tristemente, casi en igual o mayor volumen que la arribazón natural. En las rocas buscan su alimento bajo las algas adheridas o entre los mejillones y balanus.

Esta semana a varios de los ornitólogos más activos de nuestra ciudad nos tocó contar vuelvepiedras, tal y como venimos haciendo desde hace varios años en enero, coordinados por Roberto Bao, de la Facultade de Ciencias. Para ello elegimos un amanecer con marea alta y acudimos a sus dormideros favoritos. A mí me tocó el de la ría de O Burgo, donde conté más de un centenar.

Una foto de Ellesmere

Pero donde más me gusta ir a verlos es a la cala de San Roque de Afuera. Coincidiendo también con la pleamar, se reúne en esas rocas una pequeña tribu de ellos, a menudo dormidos, con los picos bajo las alas. Viéndolos así, me gusta imaginar que sueñan con los paisajes árticos en los que nacieron: tundras onduladas e infinitas cubiertas de liquen, manadas de caribúes, grupos de lobos, búhos nivales...

Durante varios años invernó en A Coruña un vuelvepiedras hembra que había sido marcado con anillas de colores en Nunavut, en el extremo norte de la isla de Ellesmere, en Canadá. El ornitólogo que estudiaba a los suyos allí me envió una foto de ella en su nido y con sus huevos. Yo le respondí con otra de su hogar invernal aquí: la zona del castillo de San Antón. Nunavut es la población humana ocupada todo el año más al norte del planeta. Es más que probable que muchos de los que llegan cada invierno aquí tengan ese mismo origen. Otros vendrán de Groenlandia, Escandinavia...

Dentro de unos meses su plumaje actual se volverá mucho más bonito, sobre todo el de los machos. Ese nuevo arlequinado negro, blanco y castaño será la señal de que se preparan para volar hacia el extremo norte. Hasta entonces, serán tan coruñeses como el que más.

Dónde observarlos

Un buen sitio para probar con pleamar es San Roque de Afuera. Con bajamar, los vuelvepiedras acuden a las rocas de la playa de Riazor, sobre todo alrededor de las Esclavas.

Cómo observarlos

Búsquenlos con los prismáticos, o esperen a que levanten el vuelo. Son aves pequeñas, pero cuando abren las alas su plumaje resulta muy llamativo, ya verán.

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