Los mejores días de la Xoana

La época de exámenes convierte la sala de estudio del campus de Elviña en un rico vivero de experiencias universitarias hasta pasadas las dos de la madrugada

AULA DE ESTUDIO EN EL EDIFICIO JUANA DE CAPDEVIELLE EN EL CAMPUS DE ELVIÑA
AULA DE ESTUDIO EN EL EDIFICIO JUANA DE CAPDEVIELLE EN EL CAMPUS DE ELVIÑA

a coruña / la voz

Antonio Boado tiene un cuarto de objetos perdidos donde guarda el rastro de los estudiantes que se marchan del aula Xoana Capdevielle, en el campus de Elviña, convertida estos días en el sanctasanctórum de la universidad. «¡Encuentro de todo! Apuntes, gafas, llaves de coches, paraguas, ropa, tabletas, teléfonos... Y el caso es que la mayoría ni viene a recogerlos», cuenta el conserje que mantiene en orden esta enorme sala de estudio donde cientos de jóvenes preparan los exámenes del primer cuatrimestre hasta pasadas las dos de la madrugada. No solo de la UDC. Iria Gayoso estudia Medicina en Santiago y esta Navidad quedó a diario en la Xoana con sus amigas del colegio. Así se reencuentran. El acceso es libre, pero si se da el caso -y se da- de que las 678 plazas estén ocupadas, el conserje puede negar el paso a los foráneos. «Esa es la teoría. Alguna vez hubo que pedir los carnés. Pero normalmente no se llena y hay gente de todo tipo. Estudiantes de otras universidades en vacaciones y muchos opositores, de la Xunta, de policía y alguno de judicaturas, que pasa más tiempo aquí que las sillas», explica Boado. También chavales de bachillerato, más en las aulas de Riazor que en la Xoana, a los que los mayores ponen pegas porque llegan en grupos grandes, acaparan espacio, son más ruidosos y acaban por adueñarse del lugar. «Vale, yo estudio fuera [en Barcelona, Medicina], pero soy de A Coruña de toda la vida y universitaria», alega Paula Carro.

Todos quieren estar en la Xoana, para estudiar -entre ocho y diez horas al día, por término medio- o para cultivar otros diletantismos de la vida de estudiante. «Algunos ya no llegan a entrar. Siempre están en el vestíbulo», dice Elena Vigil, estudiante de Arquitectura. O entran, despliegan sus cosas y al minuto están paseando de mesa en mesa, saludando a unos y a otros. Pueden sentarse un momento, pero volverán a levantarse.

Nervios y consecuencias

Estudiar mucho es lo normal. Hay quien opta por bibliotecas de centro, solitarias y abiertas menos horas, porque el bullicio del vestíbulo donde están las máquinas de bebidas y donde se hacen los descansos le distrae la atención. El conserje reconoce que a menudo tiene que pedirles que bajen el tono -«Un grupo sube la voz y el de al lado la sube más. Claro, ¡están nerviosos!», concede-, pero dentro apenas se percibe. «Si estás cerca de la puerta cuando se abre puedes escuchar, pero si no, no te enteras», relata Lucía Díaz, de Logopedia.

Los auriculares -si son de obra, mejor- forman parte del equipo de estudiante profesional: subrayadores, cargadores para los cacharros electrónicos, ordenador, apuntes (o campus virtual) -«esto depende de la carrera: Elena en Arquitectura necesita el ordenador, yo soy más de papel», dice Paula-, tapones, auriculares... y los antojos de cada cual. «Yo siempre llevo una tableta de chocolate, que comparto con la gente de la mesa, y frutos secos, porque son muy buenos para la concentración», anuncia Iria Gayoso. El agua y las bebidas energéticas bajan de la columna en caída libre. «Estos días de exámenes vengo a reponer las máquinas todos los días o uno de cada dos. El resto del año vengo un día a la semana», explica el trabajador de Delivra.

De café, agua, falta de sueño, incertidumbre y esfuerzo hablan los rostros en la Xoana.

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