Las otras hazañas del doctor Magdalena

Segismundo ve en La Voz dos antiguas fotografías que guarda en la memoria. Son de un trasplante de piel en 1900. Rebusca entre las cosas de su bisabuelo y... allí están


Redacción / la Voz

Hace cosa de un mes se asomaba a la última página de La Voz el doctor Magdalena, que en 1900 se atrevió a trasplantar piel de dos enfermeros a un soldado afectado de gangrena por el que nadie daba un duro. Y lo salvó. El periódico publicó en 1905 amplia información sobre el caso, pero en la hemeroteca apenas quedan un puñado de referencias sobre el autor de la hazaña. Son, sobre todo, breves notas de sociedad similares a este fragmento: «Salieron ayer: para Caldelas de Tuy, D. Isidoro Yáñez; para Ribadeo, D. Francisco Magdalena; para Mondariz...».

El mismo camino hizo la edición del 25 de noviembre pasado hasta que llegó a manos de Segismundo Parga Pérez-Magdalena en su casa de Ribadeo. Las fotografías de la última página eran idénticas a dos que reconoció al instante. Antes de empezar a leer, este jubilado de banca supo que el protagonista de la noticia era su bisabuelo. Durante años, conservó hasta los historiales clínicos que el doctor Magdalena custodiaba en su villa de Castropol. Cuando tuvo que deshacerse de ellos, decidió salvar una serie de imágenes que le llamaron la atención. Rebuscó entre los recuerdos familiares... y allí seguían las fotos que documentaban el injerto de piel.

Dos cocodrilos guardianes

En su memoria hay mucho más, las historias que le llegaron a través de su madre, que encajan también con piezas de La Voz. Como la que el 3 de enero de 1899 recoge «La llegada del Ciudad de Cádiz». Es uno de los vapores en el que regresan los supervivientes del desastre del 98. Entre la «gente conocida» que arriba a A Coruña se encuentran «los médicos mayores D. Narciso Túñez de Prado, que es natural de Santiago, y D. Francisco Magdalena Murias. Este último embarcó en este puerto como médico del Batallón de Cazadores de Reus».

Segismundo explica qué habría podido contar el periodista si hubiese tenido oportunidad de darse un paseo por las bodegas del barco: «Cuando volvió de Cuba se trajo dos cocodrilos y dos pitones». «En aquella época -añade-, los militares hacían lo que querían», y su bisabuelo era un tipo peculiar. «Los tenía amarrados con cadenas en una especie de piscina en el jardín», como quien aposta dos dóberman a la puerta de casa. Uno «era la leche de grande; el otro era más pequeño, algo así», dice mientras apunta al techo con la mano izquierda y al suelo con la derecha.

Ilustre paciente

Como el de tantos oficiales de su época, el periplo del cirujano tiene parada en África. En septiembre de 1911 se encuentra en Melilla, desde donde elogian «los excelentes servicios que en el Hospital del Buen Acuerdo prestan los médicos allí destinados, y singularmente el subinspector médico jefe de aquel establecimiento, D. Francisco Magdalena». Por aquellos días, ingresa un coronel con un hombro luxado y un orificio de bala en un pie.

El bisnieto explica de quién se trata: «En Melilla curó a Primo de Rivera, el que después fue dictador, y se hizo amigo de él. En la casa de Castropol aún hay fotografías de cuando fue a verlo años después». Eso sería ya en 1928, con el jardín libre de cocodrilos. «Un día que lo visitó un amigo, estaban paseando y uno saltó y no lo cogió de milagro. Al día siguiente, les pegó dos tiros».

Magdalena aprovechó entonces su arte con las pieles. Las trasplantó a la pared del salón. «Estuvieron allí muchos años», comenta Segismundo mientras pasa fotos, hasta que encuentra. «Esta es de la boda de mis padres», dice al tiempo que señala la cabeza de un reptil al fondo del retrato. «Tenía el agujero del disparo por encima de la nariz».

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