Una vecina de Eirís que vive con 40 gatos pide que alguien se ocupe de ellos

alberto mahía A CORUÑA / LA VOZ

A CORUÑA CIUDAD

Alberto Mahía

La mujer, que está enferma y con problemas de movilidad, espera que una persona o una institución se haga cargo de los animales para poder ingresar en una residencia

21 nov 2017 . Actualizado a las 05:00 h.

Cualquiera que vea cómo y dónde vive esta mujer, jamás creería que está frente a «la persona más amada del mundo». Porque «nadie tiene tantas almas que lo quieran a uno como estos animalitos me quieren a mí». Luisa es la vecina del número 87 de la calle Eirís de Arriba. Tiene 67 años, una operación en las vértebras, varias enfermedades y camina a duras penas por su casa con decenas de gatos jugando entre sus piernas. Ella dice que serán unos 40. Explica que hace poco intentó contarlos, pero «como no paran de moverse, tuve que empezar a contar desde cero no sé cuántas veces».

Los amores de Luisa son un dolor de cabeza para sus vecinos, que se vienen quejando durante meses de la presencia de gatos por todas partes. Se cuelan en las casas, hacen sus necesidades donde les place, se cuelan en el colegio Internacional Eirís... Están hartos. Eso sí, nadie encontrará una persona en el barrio que hable mal de Luisa. «En el trato, es una gran señora. Sería la mejor vecina si no fuera por la manía que tiene de vivir rodeada de animales», comentaba ayer una residente de la misma calle.

Luisa no es verla hoy. Luisa es una mujer de mundo. Enfermera de profesión, vivió en Londres y trabajó en varias localidades de Cataluña en diferentes hospitales, que se la rifaban. En A Coruña tenía varias casas en propiedad, que fue vendiendo, y hasta fue una de las afectadas por el polígono del Ofimático, donde poseía un gran terreno. «Todo se fue perdiendo», dice. Los reveses de la vida la llevaron hace unos años a residir en una vieja casa de dos plantas en Eirís. La habían operado de las vértebras y una buena amiga le regaló una gatita para que le hiciese compañía. «Yo antes era una persona que no tenía apego por los animales. Cuando iba por la calle y veía a una señora hablar con su perro, no lo entendía. Es más, cuando me dieron la gata, al principio lo vi más como un problema que como un regalo. Pero comencé a cogerle cariño y me volví loca de amor con ella». Fue cuando le cogió «un cariño enorme a los gatos», y a partir de ahí, cualquiera que veía cerca de casa, le daba de comer. Hasta que el felino se sentía como un rey en casa de Luisa y se quedaba a vivir. «Les doy mucho cariño, les pongo la comida, les hablo...», dice. Así fue como convirtió su vivienda en un refugio de gatos. Para su felicidad y el desvelo de sus vecinos, quienes han puesto la situación en manos del Ayuntamiento varias veces.