Lolita Pascual: «Antes la ciudad era mucho más glamurosa»

Desde el ventanal de esta elegante casa, A Coruña parece una postal con movimiento

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Está sentada en un butacón de piel. En su enorme salón del Parrote hay abarrote de recuerdos. Veo infinidad de fotografías de la familia (tiene 7 hijos, 16 nietos y un bisnieto en camino). Hay una en color de Josemi Rodríguez Sieiro. En otra, en blanco y negro, ella y su marido cenan en la parrilla del Ritz y en la mesa de al lado está Robert Taylor. «Ya llovió. Caramba si ya llovió. Vieja soy, pero no quiero parecerlo», comenta sonriente Lolita Pascual Quintás. «Una mujer de rompe y rasga», apunta su hija Muñeca, que a ratos se incorpora a la charla. Anochece. Desde el ventanal de esta elegante casa, A Coruña parece una postal con movimiento. Me ofrece un café (con cucharilla de plata) y unos dulces. Ella toma tónica. «No me preguntes la edad que tengo. Celebro el santo, pero nunca el cumpleaños», aclara. Viste de manera elegante y luce un colgante y unos pendientes imponentes. «Salgo arreglada incluso para comprar el pan. Nunca salí a la calle de cualquier manera. En mi vida me puse un pantalón porque no me favorece por el cuerpo que tengo. Parezco paticorta. No entiendo a esas chicas que llevan shorts y sus piernas son horrendas», reflexiona. «Me quedo con mi época. Ya sé que ahora hay adelantos, pero antes la ciudad era mucho más glamurosa. Empezó lo barato y cambió todo», sentencia.

En la tienda

Su abuelo, Juan Pascual Busquet, tenía una fábrica de tejidos en Barcelona. Como hicieron muchos catalanes de entonces, decidió venirse a Galicia. «En aquella época parecía que esto era una mina de oro», apunta. A principios del siglo XX ya fabricaban en la Falperra. En 1925 inauguraron la tienda-mercería Pascual en la calle Bailén. «Me encantaba estar allí, hablar con las clientas. También estaba mi hermana Marisa. Fíjate que echo de menos al público. Ahora no está de moda hablar. Entras, te pruebas una prenda y, si te convence, la pagas y te la llevas», asegura Lolita, que considera que fue «una atrevida. En mi época casi no trabajaba ninguna mujer, estaba mal visto. Pero nunca me importó lo que pudieran decir».

A los 24 años se casó en el altar de los Dolores de la iglesia de San Nicolás con Genocho Meléndrez. «Estaba loco por mí. Nos conocimos paseando por los Cantones. Su padre tenía un almacén de vino y una fábrica de vinagre, pero decidió venirse a nuestro negocio», recuerda. Desde los años cincuenta hasta los ochenta fueron los reyes de la moda. «Traíamos faldas de tergal, y jerséis Pulligan en colores granate, gris y azul marino. Los había de cuello redondo, de pico, y cisne, que se vendían enseguida. Durante 40 años vendimos lo que no está en los escritos. No había nadie y todo el mundo venía a nosotros». Su marido murió a los 49 años. Se quedó son sus siete hijos, María, Genocho, Muñeca, Leley, Juan, Ana y José, que tenía 6 añitos.

El Amancio Ortega niño

Es vecina de Amancio Ortega. «Lo conozco de niño, porque trabajaba con mis tíos, dueños de La Maja, y a su hermano Antonio», rememora. La empresa familiar de los Pascual, ocho tiendas incluidas, llegó a tener más de un centenar de empleados. Vendían Lacoste, Burberry, Fred Perry o la citada Pulligan. Eran tiempos en los que los hermanos Ortega intentaban dar forma al sueño de hacer ropa a bajo precio. Me ofrece unos dulces que elabora su nieto Pablo Morales. «Me encantan los huevos fritos con patatas», comenta esta mujer incansable. «Tengo mucho amor propio, fuerza de voluntad y soy muy cumplidora», afirma mientras se levanta con alguna dificultad. Lleva unos meses algo delicada de salud. «Nunca fui de ir a médicos», apunta. Ya es de noche. Me acompaña a la puerta. «Con la elegancia naces, no la compras. Hay mujeres que sin buena posición social son elegantes, y otras, cargadas de dinero, no», sentencia Lolita Pascual. Única.

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