«Somos tan coruñeses como tú»


Desde hace 13 años mi corazón es negro. Negro como el carbón, negro como el azabache, como la obsidiana y negro como la noche. Es negro como Etiopía, como toda África y jamás volverá a ser blanco. Y es negro porque soy madre de una hija negra. Así que para el resto de mi vida será así, por mucho que mi piel, mi pelo o mis ojos digan lo contrario. Esa es mi certeza. «Negra, negra, soy negra». Y tal vez por eso lo veo todo negro últimamente. Porque lo sufre, porque lo sufrimos, porque como apuntó Silvia Albert en la obra de teatro que interpretó el sábado en nuestra ciudad, No es país para negros, todavía duele, nos duele. Me gustaría pensar que los coruñeses no somos así, me gustaría imaginar que nadie en este lugar jamás mirará distinto, que nunca por ser de otra raza le preguntarán «¿de dónde eres?», como si no se pudiera ser negro, chino, dominicano o japonés y nacer o vivir aquí; que jamás por tener el pelo rizadísimo alguien se le acercará a tocarlo con extrañeza o curiosidad; que nunca le preguntarán si es distinta, que nadie se atreverá jamás a decirle esa bestialidad de si «ha saltado la valla»; que ni de broma ningún crío pensará si es diferente...

Me gustaría pensar que nada de esto es real. Si no fuera porque después de escuchar el testimonio de mucha gente en el coloquio que se abrió después de la obra -gracias al esfuerzo de las oenegés Yarama y Viraventos- muchos confesaron que todos los días tienen que defenderse de las miradas racistas.

Gente que relata que en Coruña no la han dejado entrar en una discoteca por tener otro color de piel, que afirma que les ponen trabas para alquilar un piso, que aseguran que tienen dificultades para que les ofrezcan un trabajo o que afirman que solo les dan determinados trabajos. Mujeres que se ven obligadas a reivindicarse. Hombres que han tenido que escuchar con desprecio el calificativo «negro», y sobre todo personas que constantemente tienen que explicarse, que justificarse por pertenecer a otra raza: «¿De dónde eres?», «¿de dónde eres?», «¿de dónde eres?»...

No sé cómo se sentirían, cómo reaccionarían si tuvieran que dar cada dos por tres razón de su identidad, si tuvieran que pagar un peaje por nacer con otro color de piel. «Soy coruñés como tú», «soy gallego como tú» y «estoy aquí como tú».

Ojalá en poco tiempo ninguno de ellos tenga que debatirse en si debe responder; ojalá dentro de unos años nadie les pregunte; ojalá les enseñemos a nuestros hijos a vernos mejor y ojalá podamos cambiarles el mundo para que no oigan jamás lo que hoy todavía escuchan y sufren.

Lo digo con su orgullo. «Negra, negra, soy negra». Y me encanta.

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