Cuando no sabes quién te mira desde el espejo

Las lavanderas blancas, como la mayoría de las aves, no reconocen su reflejo


Esta semana los taxistas de la parada de Os Castros difundían en las redes sociales el vídeo de una lavandera blanca que lleva unos días empeñada en reñir con su propio reflejo en los retrovisores de sus vehículos.

Lo que le sucede a este pájaro es que cree que el del espejo es otro ejemplar de su especie. Y resulta que estas aves son a veces muy celosas con sus áreas de alimentación. Si bien gustan de pasar la noche juntas, al amanecer cada una se va a su acera o parterre preferidos a buscar sustento. Y que no se le ocurra a ninguna otra acercarse por allí. Y es que la inmensa mayoría de los animales no se reconocen en los espejos.

Habilidad poco corriente

Es más: hasta el momento la ciencia ha confirmado esta habilidad en muy pocas criaturas. Que sepamos, los humanos solo la compartimos con orangutanes, chimpancés, gorilas y algunos macacos, varias especies de delfines, los elefantes y los cuervos y las urracas.

Los perros, por ejemplo, serían incapaces de verse a sí mismos en un reflejo. Aunque claro, su fuerte es el olfato, no la agudeza visual. Además, son daltónicos. O sea, que no distinguen bien ni los detalles ni los colores. Eso sí, para ellos, una lavandera blanca es igual que para nosotros: un pájaro de larga cola con plumaje en blanco y negro.

Cada vez que veo una de estas aves suelo pensar precisamente en aquellas películas en blanco y negro de los años 20, 30 y 40. De hecho, esta pelea del ejemplar de Os Castros contra su imagen en los retrovisores me ha recordado una de las escenas más famosas del cine, esa en la que, en un laberinto de espejos de un parque de atracciones, aquel secundario de lujo que era Everell Sloane la emprende a tiros contra Rita Hayworth y Orson Welles. Sucedía en la película La dama de Shanghai, dirigida por el propio Welles.

Aves de cine

Alguna vez imaginé que todas estas lavanderas blancas que tenemos en A Coruña son descendientes de aves escapadas de las pantallas en las que hace tantas décadas se proyectaban aquellas películas: el Cine Ciudad, el Coruña, el París, el Goya, el Equitativa, el Rex... En mi fantasía, los pajarillos huían de películas y documentales No-Do, atravesaban volando los patios de butacas y se instalaban en nuestras calles. Sí, como el personaje protagonista de La rosa púrpura de El Cairo, de Woody Allen. De ser así, acaso un antepasado de la lavandera de Os Castros escapó precisamente del filme de Welles. Primero entre los actores, con una carrerita corta de esas tan típicas de su especie. Luego con uno de sus vuelos ondulantes, cine afuera y ciudad adentro.

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