«La maleta no puedo llevarla al cajero»

José sigue viviendo a la intemperie tras pasar por varias entidades, mientras Pedro no ha querido ser acogido nunca


a coruña / la voz

Once y media de la noche. Debajo del viaducto que une Santa Lucía con la calle Juan Flórez, José intenta conciliar el sueño. Ha empezado a llover y empieza a notarse el frío. Está vestido y tapado con unas mantas sobre un colchón de cartones. Ese es el lugar a donde ha vuelto siempre después de pasar un tiempo en el Hogar Sor Eusebia, otra temporada en Padre Rubinos o formar parte de un programa de seguimiento de Cruz Roja que tenía como objetivo sacarlo de la calle. «Se portan muy bien conmigo», apuntaba de los voluntarios de esta última entidad cuando le acompañaban a hacer gestiones.

El argumento para abandonar dichas entidades es «la gente que hay», si bien en algún caso reconoce: «No puedo volver allí». Ha perdido la cuenta de los años que lleva en la calle. A veces, cuando le invade la saudade (nació en tierras portuguesas), evoca sucesos de su infancia y de su familia, con una muerte trágica de por medio. En ocasiones aparece con moratones que achaca a las caídas. Pasó un tiempo durmiendo en un cajero de la calle Juan Flórez, pero su campamento base, a pesar de la basura que le rodea, es dicho viaducto: «Aquí tengo mis cosas; la maleta no puedo llevarla al cajero».

Casado con una coruñesa

El que nunca ha pisado una entidad benéfica es Pedro, que en su día fue camionero internacional. Estuvo casado con una coruñesa, de la que enviudó, y desde que se jubiló, a pesar de la pensión, vive en la calle. En tierras castellanas tiene cuatro hijos, una de las cuales en ocasiones se interesa por su situación. Ha ido cambiando de lugar para dormir, entre otras cosas porque en un momento dado temía que le robaran. Durante el día se le puede conversando con vecinos de A Gaiteira e incluso jugueteando con sus perros. Tiene claro que nunca se irá a una institución; también rehúye las pensiones tras una mala experiencia. Pedro comparte en ocasiones cafés con los más madrugadores y en ocasiones especiales hasta se sienta en una terraza a tomar un vino. Hace poco ha vuelto a su lugar de siempre: «Aquí estamos hijo; ¡qué le vamos hacer».

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