Las niñas toreras, «¡vaya unas niñas!»

Cuadrillas formadas por mujeres asombran a un público que acude a las plazas a reírse de la «mojiganga» y acaba desengañado, entregado y ovacionando


Redacción / la Voz

Ni aficionados ni críticos veían cosa seria que una cuadrilla conocida como las niñas toreras fuese a compartir cartel con el maestro Cervera. De manera que los entendidos acudieron a la plaza coruñesa prestos al abucheo. Encima, la tarde comenzó con «percalina barata», con toros «que tenían más de bueyes» y «muchos lances de capa... sin lances», hasta que ya «se alborotó el cotarro, y con razón», pues Cervera, «sin preparación previa, atizó a la res una estocada ladeada y luego un metisaca ignominioso, por tirarse mal y salir peor». En resumen: «La cuadrilla... nada [...]. El Cervera, más que diestro, siniestro».

Con ese panorama les tocó lidiar a las niñas. Fueron recibidas «a carcajadas», que apagó la Guerrita, «valiente y trabajadora». «Capeó, pareó y se deshizo de los dos cabritos que le soltaron [...] lo mejor que pudo, pero arrimándose de verdad». «Le aplaudieron y le aplaudí», reconoció el crítico de La Voz, al que la emoción le arrancó una quintilla: «Yo la paz siempre he de amar/ porque la guerra me aterra,/ pero al verla estoquear/ no he reparado en gritar:/ ¡Olé ya! ¡Viva la Guerra!». Por supuesto, la diestra salió a hombros.

El representante de la cuadrilla pasó de ser «el empresario de la mojiganga», que por aquel entonces hubo de renunciar a alguna corrida por estos lares, a contratar varias en el coso vigués.

Pasarían tres años sin noticia de las niñas toreras en Galicia. Pero volvieron. Y, de nuevo, «los inteligentes del pueblo, al anuncio de la muerte de cinco becerros por seis señoritas [...], se dieron en decir que mojiganga habría [...], pero...».

Entusiasmo «in crescendo»

Sentencia la crónica de su estreno en A Coruña que «la primera capa que se abrió ante el joven cornúpeto ya fue una revelación para el equivocado auditorio». Lolita, en el propio morrillo, «le da unas verónicas de perlas, lo cual, observado por Angelita, le hace allá dentro asina como emulación y lo manifiesta en una faena lucida y movida con magistrales lances [...]. Los espectadores se miran, sonríen, dudan aún». La faena no tarda en provocar «la mar de aplausos, y el entusiasmo, in crescendo».

En el segundo, «todos desengañados» ya. En el tercero, «el público hacía tiempo que [...] aplaudía a rabiar». En el cuarto, «entregados». Y en el quinto, «¡oh, dolor! ¡Se acaba!». La faena es corta y lucida. Rosita «da al incauto Mira una media estocada bien señalada [...]. Muchas palmas. Ovación». Las niñas se confirman como «verdaderas artistas del toreo. Saben lo que traen entre manos mucho más que muchos toreros».

La siguiente corrida, pasada una semana, deja un titular elocuente: «¡Vaya unas niñas!». El primer morlaco es para Angelita, «¡Angelita de Dios! Se acerca al bicho y le arranca la moña. ¡Bravo!». El crítico no puede reprimir su alma de poeta: «Una manita izquierda/ que vale mucho,/ y una diestra excelente/ tiene esta diestra./ ¡Con ese par de manos,/ sin ser muy ducho,/ cualquiera a la chiquilla/ llama maestra!».

En el segundo, «Lolita y Angelita capean al alimón, con mucha sombra y arrodillándose ante el toro. ¡Qué cuadro, caballeros!». Banderillas: «Parea Lolita, al quiebro, pero desigual. Deja luego un par bueno. Rosita, otro de buten. Lola, medio, bien señalado».

«Ris, ras, la oreja cortó»

Angelita toma el mando en la suerte de matar. «Con mucha prosopopeya y valor [...] se dirige al Barquillero como si fuese un amigo manso. Varios pases ayudados y altos, dos de pecho, uno de molinete y otro redondo cuadran al toro [...]. Luego, un pinchazo y una media estocada, que, aunque tendida y algo caída, da fin a la res. ‘‘¡Olé los hombres!’’, gritaban todos, confundiendo el sexo y juzgando solo a la niña por el valor demostrado». Y más versos: «Ris, ras, la oreja cortó/ el diestro enorgullecido/ y desde el ruedo a un tendido/ presuroso la arrojó».

El espectáculo concluye con las señoritas «quedando pero que muy bien y demostrando mucho arte y mucho conocimiento de lo que son toros».

Pero los tiempos son los tiempos, y en aquellos, lo que no gustaba a quien tenía que gustarle acababa en el destierro. En 1906 empezaría a amenazarse con la «prohibición taurómaca» para las mujeres, como le pasó a la Reverte en Madrid por capricho del gobernador. Hasta que en 1906, el ministro Juan de la Cierva, quién sabe si por iniciativa propia o a instancias de Maura, el jefe del Gobierno, privó al público, mediante real orden, del arte femenino en la lidia... hasta la República.

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