Las niñas toreras, «¡vaya unas niñas!»

Á. M. Castiñeira REDACCIÓN / LA VOZ

A CORUÑA CIUDAD

Cuadrillas formadas por mujeres asombran a un público que acude a las plazas a reírse de la «mojiganga» y acaba desengañado, entregado y ovacionando

21 oct 2017 . Actualizado a las 05:00 h.

Ni aficionados ni críticos veían cosa seria que una cuadrilla conocida como las niñas toreras fuese a compartir cartel con el maestro Cervera. De manera que los entendidos acudieron a la plaza coruñesa prestos al abucheo. Encima, la tarde comenzó con «percalina barata», con toros «que tenían más de bueyes» y «muchos lances de capa... sin lances», hasta que ya «se alborotó el cotarro, y con razón», pues Cervera, «sin preparación previa, atizó a la res una estocada ladeada y luego un metisaca ignominioso, por tirarse mal y salir peor». En resumen: «La cuadrilla... nada [...]. El Cervera, más que diestro, siniestro».

Con ese panorama les tocó lidiar a las niñas. Fueron recibidas «a carcajadas», que apagó la Guerrita, «valiente y trabajadora». «Capeó, pareó y se deshizo de los dos cabritos que le soltaron [...] lo mejor que pudo, pero arrimándose de verdad». «Le aplaudieron y le aplaudí», reconoció el crítico de La Voz, al que la emoción le arrancó una quintilla: «Yo la paz siempre he de amar/ porque la guerra me aterra,/ pero al verla estoquear/ no he reparado en gritar:/ ¡Olé ya! ¡Viva la Guerra!». Por supuesto, la diestra salió a hombros.

El representante de la cuadrilla pasó de ser «el empresario de la mojiganga», que por aquel entonces hubo de renunciar a alguna corrida por estos lares, a contratar varias en el coso vigués.

Pasarían tres años sin noticia de las niñas toreras en Galicia. Pero volvieron. Y, de nuevo, «los inteligentes del pueblo, al anuncio de la muerte de cinco becerros por seis señoritas [...], se dieron en decir que mojiganga habría [...], pero...».

Entusiasmo «in crescendo»

Sentencia la crónica de su estreno en A Coruña que «la primera capa que se abrió ante el joven cornúpeto ya fue una revelación para el equivocado auditorio». Lolita, en el propio morrillo, «le da unas verónicas de perlas, lo cual, observado por Angelita, le hace allá dentro asina como emulación y lo manifiesta en una faena lucida y movida con magistrales lances [...]. Los espectadores se miran, sonríen, dudan aún». La faena no tarda en provocar «la mar de aplausos, y el entusiasmo, in crescendo».

En el segundo, «todos desengañados» ya. En el tercero, «el público hacía tiempo que [...] aplaudía a rabiar». En el cuarto, «entregados». Y en el quinto, «¡oh, dolor! ¡Se acaba!». La faena es corta y lucida. Rosita «da al incauto Mira una media estocada bien señalada [...]. Muchas palmas. Ovación». Las niñas se confirman como «verdaderas artistas del toreo. Saben lo que traen entre manos mucho más que muchos toreros».

La siguiente corrida, pasada una semana, deja un titular elocuente: «¡Vaya unas niñas!». El primer morlaco es para Angelita, «¡Angelita de Dios! Se acerca al bicho y le arranca la moña. ¡Bravo!». El crítico no puede reprimir su alma de poeta: «Una manita izquierda/ que vale mucho,/ y una diestra excelente/ tiene esta diestra./ ¡Con ese par de manos,/ sin ser muy ducho,/ cualquiera a la chiquilla/ llama maestra!».

En el segundo, «Lolita y Angelita capean al alimón, con mucha sombra y arrodillándose ante el toro. ¡Qué cuadro, caballeros!». Banderillas: «Parea Lolita, al quiebro, pero desigual. Deja luego un par bueno. Rosita, otro de buten. Lola, medio, bien señalado».