La cabalgata oceánica de los alcatraces

Estos días pasan frente a nuestras costas miles de estas grandes aves marinas


Subo la cremallera de mi cazadora hasta el cuello, levanto mis prismáticos y apunto hacia el mar. Discurren sobre las olas, con rumbo oeste, varias bandadas de enormes aves blancas, con las puntas de las alas negras, la cabeza amarilla y el pico largo, fuerte, gris. Aunque desde aquí no los distingo, sé que sus ojos son azules, de mirada tan intensa como este viento que hoy alborota el paseo marítimo de O Portiño.

El gran éxodo otoñal de los alcatraces está en su apogeo. Cada día vuelan frente a nuestro litoral miles de estas aves. Es uno de los grandes espectáculos naturales de Europa. Pero también de los menos conocidos, a pesar de su vistosidad. Tiene lugar sobre todo en octubre, y en el noroeste de la península Ibérica. Un ejemplo: desde el cabo de Estaca de Bares se cuentan estos días hasta 7.000 de estas aves... ¡Por hora!

Para asistir desde nuestra ciudad a esta cabalgata oceánica hay que esperar a que soplen vientos fuertes del norte y del oeste, que empujen a estos viajeros hacia el interior de nuestro golfo Ártabro. Entonces el panorama puede llegar a resultar incluso hipnótico.

Los alcatraces son aves de hasta 180 centímetros de envergadura. Casi el 40 % de su población mundial, que ronda el millón y medio de ejemplares, está en Escocia. La isla de Bass Rock acoge su mayor colonia: 75.000 parejas. Es un afamado polo turístico. En temporada de cría, las lanchas de visitantes no dejan de llegar a su atracadero. Hace dos siglos, en cambio, quienes acudían allí eran casi solo presos. El más famoso fue un personaje de ficción: David Balfour, protagonista de dos de las novelas más trepidantes de Robert Louis Stevenson, Secuestrado y Catriona.

Stevenson vivió de niño frente a aquella isla. Su primo David proyectó el faro que la corona. Y es que la suya era una familia de fareros. Al abuelo de ambos, Robert, se le recuerda como uno de los grandes ingenieros civiles del siglo XIX. También el padre del escritor fue un renombrado meteorólogo y constructor de este tipo de edificios.

Mientras contemplo esa muchedumbre de color nieve que al alcanzar el cabo Fisterra doblará hacia el sur, juego a imaginar una velada nocturna en el hogar de los Stevenson en Edimburgo. Los niños escuchan fascinados. Su padre, con un vaso de jerez en la mano, diserta acerca de la trascendencia de su profesión. ¿Qué sería de los navegantes sin esas torres de luz que se están elevando en las costas de Europa? En cierto momento de su lección, menciona al faro más antiguo del mundo en funcionamiento, rehabilitado medio siglo atrás por el ingeniero Eustaquio Gianinni en la ciudad de A Coruña. El pequeño Robert Louis sueña con ser él quien navegue, y aún más lejos.

Los alcatraces no precisan de faros. Conocen bien su camino. Sobre todo los más veteranos, de hasta 35 años de edad. Vuelan hacia el Mediterráneo y los mares al oeste de África. Aunque muchos se quedarán por aquí. En nuestra costa encuentran suficiente pescado para pasar el invierno, zambulléndose en picado desde hasta 20 metros de altura. Otro espectáculo que nadie se debería perder.

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