La mascota favorita de Mozart llega estos días del Norte

El estornino pinto, que el compositor tenía como mascota, acostumbra a pasar la noche en la ciudad


A Coruña reúne y se rodea de una colección de hábitats muy variada. Gracias a ello tenemos la fortuna de convivir con una rica biodiversidad. Una fortuna enorme. Hoy la flora y fauna naturales de una ciudad son cruciales para valorar su calidad como hábitat humano.

Esta serie de artículos que hoy comienza es una invitación a consumir Vitamina N -con N de Naturaleza- en A Coruña y su entorno. Lo hará llamando la atención sobre algunos de nuestros vecinos más salvajes. Pasarán por estas páginas las chovas piquirrojas que cada día van y vienen entre Mera y el parque de Bens, las nutrias del embalse de Abegondo-Cecebre, los vuelvepiedras que llegan de Canadá a pasar el invierno en nuestra costa, los delfines que saltan frente a O Portiño, los martines pescadores de la ría de O Burgo. Y lechuzas, erizos, tórtolas, halcones... O estorninos pintos. Comencemos con ellos, ya que estos días llegan muchos del norte y centro de Europa.

Un travieso Barrabás

Cuando se murió su estornino pinto tras tres años de compañía, Wolfgang Amadeus Mozart le dedicó un sentido epitafio: «No era malo, solo un poco demasiado listillo, y algunas veces un querido y travieso barrabás. Pero nunca un miserable». Para la posteridad quedó además el allegretto final de su Concierto para Piano nº17, transcripción directa de la melodía favorita del pájaro. El cual, por cierto, era como todos los de su especie, un hábil imitador de sonidos.

Ya no sobrevuelan el centro de nuestra ciudad las inmensas bandadas de estorninos de antaño, ni en consecuencia amanecen los Cantones de Méndez Núñez cubiertos del resultado de sus digestiones nocturnas. La suciedad del lugar es ahora competencia de los aficionados al botellón.

Aun así, todavía es posible admirar antes del anochecer sobre algunos parques, sobre todo a partir de esta fecha, grupos que van y vienen antes de echarse a dormir.

Sus tropeles aéreos no pasan desapercibidos para los halcones peregrinos. Ni tampoco para algunas gaviotas patiamarillas, empeñadas a veces en cenar estornino. Y la tranquilidad no llega con la noche. En este caso, no por culpa de los humanos más trasnochadores. Resulta que en sus árboles dormitorio los ejemplares de más edad ocupan las ramas altas y centrales, y los jóvenes las bajas y perimetrales. Como consecuencia, la juventud de los estorninos, además de pasar más frío, sufre de un constante goteo de deyecciones de sus mayores. Su respuesta es la protesta airada y un constante intento de cambiar a una posición mejor.

Cuando llega el amanecer muchas bandadas se unen para volar fuera de la ciudad, hacia los campos más llenos de alimento en forma de invertebrados o grano. Algunos se desplazan a bastantes kilómetros de distancia.

El apretado vuelo de esas bandadas, destinado a confundir a sus depredadores, intriga a matemáticos y sociólogos. A través de logaritmos y modelos informáticos intentan descubrir cómo miles de estas aves giran, suben o bajan como una sola criatura, cuando cada estornino solo puede ver a los de su entorno más inmediato. Y es que pudiera ser que nuestras tomas de decisiones en masa no sean muy diferentes de las suyas.

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