Novatadas penosas que se van de las manos


Avanzamos (generalmente para mejor), pero quedan resquicios de lo que fuimos. De pequeño, cuando aún existía la mili, recuerdo escuchar conversaciones sobre la conveniencia o no de las novatadas. Algunos familiares y vecinos las habían sufrido. Unos se reían quitándole hierro al hecho de haber sido humillados. Otros guardaban dentro un rencor infinito. Algunos, incluso, las preservaban como algo positivo (porque supuestamente ayudaban a integrar). Y yo, desde mi mirada de crío, no entendía nada. ¿Qué tenía de bueno poner a un chaval a jurar bandera besando un calzoncillo u obligarle a comer algún brebaje repugnante? Por más que algunos lo justificasen seguía sin entenderlo.

Puerta de la residencia dde María Inmaculada estrozada
Puerta de la residencia dde María Inmaculada estrozada

Desde entonces hemos avanzado mucho. De hecho, ni siquiera existe la mili. Pero, como decíamos antes, quedan resquicios de esa práctica infame de las novatadas. Lo vimos recientemente con los llamados margaritos. Anualmente, los novatos de la residencia estudiantil del hogar de Santa Margarita son conminados por los mayores a hacer algo tan edificante como plantarse en calzoncillos delante de la residencia femenina de las religiosas de María Inmaculada, en la plaza de los Ángeles. Tal y como explicaban los vecinos, el ritual consiste en ir allí a cortejar a las chicas del modo más pedestre posible y esperar a que alguien le lance una prenda interior o un cubo de agua. Vamos, la monda.

Pero esta vez los chavales fueron un poco más allá en este comportamiento ¿medieval? No se pusieron a hacer flexiones o remar en un barco imaginario a las órdenes de los veteranos. No, la emprendieron a golpes con la verja de la residencia, se subieron encima de los coches y, como animales desbocados, se pudieron a gritar cosas como: «¡No quedará ni una puta sin follar!». Los mayores no los detuvieron. Tuvo que ser la policía la que, apareciendo por allí, obligó a los jóvenes a dispersarse.

«Este año se les fue de las manos», decían muchos al día siguiente. Daban a entender que lo de los otros resultaba tolerable. Pero, en realidad, el tema se les había ido de las manos mucho antes. Justo desde el momento en el que uno aprovecha su veteranía a modo de matonismo para obligar a alguien a formar parte de la novatada ya se ha pasado una línea que jamás se debería pasar. Porque ¿qué ocurre si soy novato y no lo quiero hacer? Luego, la cosa puede ir a peor, claro. Y de la coacción a unos chavales pasamos a la violencia asquerosamente machista, protagonizada por estos, amparada en el grupo y justificada con la idea de una supuesta broma.

Se acabó. O debería acabarse. Hacen bien los vecinos en pronunciarse a través de sus asociaciones. Algo así no se puede tolerar. Es indigno. Es penoso. Y, que nadie lo olvide, también es delictivo. Una ciudad sin esa bazofia por ahí será una ciudad mejor.

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