«Las nuevas butacas han mejorado el sonido del Palacio de la Ópera»

Ha iniciado su quinta temporada al frente de la OSG tocando a Mahler por primera vez


A Coruña / La Voz

Se enfrenta a su quinta temporada al frente de la Sinfónica: «Sí, el tiempo vuela. ¡Cinco años, ya!», exclama Dima Slobodeniouk arqueando las cejas tras calcular detenidamente el tiempo que lleva en A Coruña, una ciudad de la que el director ruso se siente ya parte.

-La temporada ha arrancado apuntando muy alto, con Stravinski y Mahler, nada menos.

-En el programa siempre seguimos una línea parecida, en la que ofrecemos algo nuevo mezclado con algo más conocido. Creo que así es más interesante para el público. En lo que tienes que pensar es en si la orquesta ha tocado esa pieza antes, cuándo lo ha hecho y si tiene sentido tocarla de nuevo. Si viene un director invitado o un solista, pues tienes que pensar también si es de su estilo, si se sentirá cómodo. Es un proceso complicado elaborar un programa coherente y atractivo.

-Nada más nuevo que la pieza de Stravinski que tocaron. Era la primera vez que se hacía en España, ¿no?

-Es que se encontró hace un par de años y llevo desde entonces detrás de esta partitura. Pero no la conseguimos hasta ahora. Es una marcha fúnebre fantástica.

-¿No es muy arriesgado empezar el curso con un autor así?

-Entiendo lo que dices, pero te aseguro que no hay ningún problema con Stravinski, tiene un lado romántico que está al alcance de cualquiera. Puede sonar un poco aterrador, pero no lo es. Sin él no tendríamos nada de música moderna. Y me hizo especial ilusión poder mezclarlo con Mahler, al que no había interpretado hasta ahora.

-¿Por qué?

-Consideraba que no estaba preparado todavía para hacerlo. Y me alegro de no haberlo intentado antes. Es que si no sientes que estás preparado es mejor que ni lo intentes. Puede que mi postura sea un poco clásica a este respecto, algo pasada de moda. Ahora los directores jóvenes se atreven con Mahler a la primera que tienen acceso a una gran orquesta. Eso es tirar del tren con los dientes, hay que esperar a que haya combustible. No se puede interpretar a Mahler sin haber pasado por Haydn y Brahms.

-¿Se trata de su compositor favorito?

-No tengo ningún compositor favorito. No me lo puedo permitir. Hay un motivo, y es que rara vez escucho música fuera del trabajo. Mi obligación es hacer música, así que estoy tan lleno de música cuando salgo de ensayar con la orquesta que no quiero escuchar más. Necesito silencio. Además, tengo que creerme cada pieza en la que trabajo para transmitírselo al público. Tengo que encontrar una conexión con el autor, así que mi compositor favorito es ese en el que esté trabajando en cada momento. En ese sentido sí, esta semana mi compositor favorito es Mahler.

-¿Hay alguna pieza que le gustaría abordar y con la que no se haya atrevido todavía?

-Sí que hay alguna, como la sinfonía Turangalila, de Olivier Messiaen, una de las obras claves del siglo XX a mi modo de ver. También varias cosas de música americana, John Adams, pero tiene una parte de coro muy compleja. Y Bruckner, que no he hecho nada suyo con la orquesta. Eso no ha de tardar en llegar.

-¿Cuál es su papel principal como director?

-Mi papel es motivar. A los músicos nuevos y, sobre todo, a los que llevan ya un tiempo. Esa es la esencia de mi trabajo. Pero eso pasa en cualquier empresa, por muy buenas ideas que tenga el jefe, si no sabe ilusionar a sus trabajadores estas acabarán fracasando.

-¿Le gusta cómo ha quedado el patio de butacas tras la reforma?

-Mucho, sobre todo porque las nuevas sillas han mejorado el sonido del Palacio de la Ópera. Son de un material sintético, más duro, que hace que el sonido rebote. Así que suena diferente, algo más brillante que antes. Aunque con público la cosa cambiará, claro.

«En esta ciudad hay pasión por la Sinfónica, como por un equipo de fútbol»

Esta temporada, Dima Slobodeniouk ofrecerá un concierto con la Filarmónica de Berlín como director invitado.

-¿Cómo es ponerse al frente de una orquesta como esa?

-Pues la verdad es que todavía no lo sé [ríe]. Al fin y al cabo, es una orquesta. Y como tal lo que tienes que hacer para que funcione es motivarla, ofrecerle a los músicos algo diferente. Igual que aquí con la OSG. Nada cambia, yo me limito a hacerlo lo mejor que puedo.

-No lo haga demasiado bien, no vaya a ser que termine quedándose allá.

-[Ríe] No te preocupes, ya está decidido que el próximo director sea Kirill Petrenko. No creo que quieran cambiar tan pronto.

-¿Le ha costado adaptarse a A Coruña?

-Me adapté rapidísimo. Es que es muy fácil vivir en una ciudad como esta. Lo único a lo que tardé en acostumbrarme fue al tráfico, pero ya estoy siendo más prudente ahora [ríe].

-¿Cómo es el público coruñés?

-Es genial. Me lo advirtió un taxista la primera vez que vine, me dijo que tuviera cuidado con la orquesta, que en esta ciudad es como un equipo de fútbol. Y he llegado a entender ese sentimiento de pertenencia, esa pasión. El público sabe apreciar cuándo hay un trabajo duro. Aplauden, pero no solo porque han pagado la entrada, ves que sí les gusta, hay una reacción especial.

-¿Hay cultura musical en la ciudad?

-Mucha, y no solo de música clásica. Me quedé impresionado con la música folk, o con la afición al jazz que hay aquí. Y en cuanto al rock, la verdad es que no controlo la escena local, pero mi hijo está en clases de guitarra eléctrica, así que pronto lo voy a descubrir por mí mismo.

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