¿Es malo ser hijo único?

La respuesta es rotunda. No existe ningún perfil psicológico común ni tampoco es cierto el mito de que sean egoístas, consentidos y caprichosos. Incluso a veces se les puede llegar a exigir más. Lo que sí es importante es que cada uno de nuestros hijos se sientan únicos, tengan o no hermanos, y tengan metas particulares y distintas al resto

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Ser hijo único nada tiene que ver con ser egoísta, caprichoso o consentido. Estas etiquetas que han caído como una losa durante años a los que no tenían hermanos, no tienen ninguna base científica. No existe ningún patrón de comportamiento asociado a los menores que son descendientes únicos. Todo lo contrario, incluso a veces pueden desarrollar fortalezas o se les puede llegar a exigir más porque se vuelca en ellos el proyecto familiar.

 «Evidentemente, no hay un prototipo. Hay tantos hijos únicos como únicos hijos hay», afirma Manuel Fernández Blanco, psicólogo clínico de la unidad de infantil del Hospital Materno de A Coruña, que considera que en el contexto actual se podría afirmar de algún modo que casi todos los hijos son únicos: «En el sentido de que son muy valorados y que son un ‘bien’ muy escaso». Tanto que, al contrario de lo que sucedía en los años 50, ahora lo extraño es que una pareja tenga nueve hijos, como se publicó hace unos días.

«El hecho de decir que cada vez más los hijos son todos un poco únicos no siempre es para bien. Al ser un bien tan valorado, eso puede colocar al menor en una situación de privilegio y plantea en ocasiones problemas educativos», afirma Fernández Blanco, que considera que no se debe hacer creer al niño que es el mejor del mundo. Eso es un grave error y puede provocar problemas a largo plazo: «Les haría crear un narcisismo exacerbado y provocaría que después toleren muy mal cualquier contratiempo y frustración en la vida, cualquier tipo de rechazo a su demanda», dice, tras incidir en que esta forma de educar muchas veces responde a una prolongación del narcisismo de los propios padres.

Entonces, ¿qué tipo de singularidad debemos fomentar en nuestros menores, sean o no, hijos únicos? La respuesta es sencilla: «Todos los padres deben hacer sentir únicos a sus hijos en el sentido de que se debe desear algo particular, diferenciado y único para cada uno de ellos. Un niño necesita ver que los padres tienen un deseo hacia él que no es anónimo, que está particularizado, que no quieren lo mismo para cada uno de sus hermanos, que lo reconocen en su particularidad. A veces, los padres por temor a influenciar o manipular a sus hijos, no les transmiten un deseo particular a cada uno de ellos y les dejan sin orientación clara en la vida. Hay padres que dicen: «Lo único que quiero es que sea feliz». Eso es un planteamiento inadecuado porque no hay cosa más difícil que ser feliz. Es mejor plantearles metas. Habría que decirles lo que creemos que sería bueno para ellos».

En el caso de los hijos únicos, puede haber casos en los que echen en falta tener hermanos: «A veces se debe simplemente por la comparación. Todos mis amigos tienen hermanos», explica. O incluso algunos rechazan esta posibilidad porque temen que los desposeerá de su lugar de privilegio: «A veces hay padres que le preguntan a su hijo si quieren tener un hermanito. Eso es un error. Es trasladar y dar un poder al niño que no le hace bien, aunque le satisfaga, porque eso es una decisión de los padres y el niño tiene que ver que hay decisiones que no le corresponde tomar», indica Fernández Blanco.

Tampoco se debe abandonar la idea de que todos los primogénitos son hijos únicos durante un tiempo, y la llegada del hermano puede provocar la aparición de los tan temidos celos: «Si el nacimiento del segundo hijo es muy próximo al primero y no hay una diferencia de edad significativa, es más fácil que el primogénito lo considere un intruso porque es igual que él y recibe los mismo cuidados. Entonces puede aparecer el fenómeno de la envidia, porque crea que el hermano está ocupando su lugar. Ahí sí, el que fue hijo único vive el nacimiento del hermano como una intrusión y va acompañada de agresividad y celos», aclara. En el otro supuesto, en el que el menor ya tiene seis o siete años, el niño puede llegar incluso a desarrollar un actitud de cuidado y protección del hermano pequeño.

Todos los niños, sean hijos únicos o no, sienten la necesidad de que los padres le respondan sobre qué deseo lo convocó a este mundo: «Esta pregunta no se responde de un modo explícito. Es una interpretación que hace el niño. Pero dependiendo de la respuesta que reciba, dependerá mucho su posición en la vida. Si la respuesta es que nadie deseó que naciera, siempre hay problemas. Es decir, esto que se dice cuando un niño no fue deseado», comenta. Otra de las preguntas que se hacen todos los niños también es qué fue lo que unió a sus padres: «Si la respuesta no es el amor o el deseo de estar juntos, sino el interés, esto también tiene efectos negativos en el niño».

Tampoco es cierto que los hijos únicos cuando son adultos traten de tener muchos hijos. En la dilatada experiencia de Manuel Fernández Blanco, como psicólogo clínico no ha detectado ningún patrón al respecto: «No se encuentra una casuística de este tipo. Yo no he detectado nada relevante a este nivel ni ninguna pauta explícita que demuestre que los que hayan sido hijos únicos tengan un determinado número de niños», concluye.

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