El esplendor del lavado a mano

Ajeno a las modernas máquinas de limpieza, un ejército femenino se emplea a diario en «algo retrospectivo y arcaico», aunque «perdurable por luengos años»


Redacción / La Voz

Estamos en 1912 y no hay en un rincón de la casa un cacharro que, a un golpe de ruedecilla, obedezca y haga la colada. Tampoco en un establecimiento vecino. Aún no podemos quedarnos mirando como un pez a través de un cristal redondo, como contando vueltas, mientras esperamos a que, tras cientos de revoluciones, el aparato nos devuelva las prendas libres de manchas y pestes.

En 1912 las lavadoras y las lavanderías se llaman lavaderos públicos, espacios vedados al torpe varón, incapaz de distinguir una pastilla de jabón de un canto rodado y la lejía del godello. Estas construcciones, modestas en las aldeas y de buen tamaño en las ciudades, son una de esas pequeñas grandes cosas que hacen girar el mundo. Aunque empiezan a tener competencia. De la mano de Fernando, que firma un reportaje sobre ellas, descubrimos cómo funcionan, algo que hasta el momento «nunca se nos había ocurrido».

«En estos tiempos de lavado a vapor, de lavaderos mecánicos, hablar de los lavaderos públicos en pila común parece referirse a algo retrospectivo y arcaico», advierte. Sin embargo, perviven «en la mayoría de las ciudades españolas y en muchísimas extranjeras», así que, parece, «el lavadero es cosa perdurable por luengos años». Pese a quien pese, «la costumbre inveterada de sacar del hogar la ropa sucia y enjugarla en la primera corriente de agua que se depare» aún se impone a «las experiencias acerca de la eficacia del lavado mecánico». Además, no se puede comparar en cuanto a «baratura y prontitud [...], razones que mantienen y mantendrán el uso y abuso de estos primitivos procedimientos». Porque «bastan dos dedos de agua y cinco céntimos de jabón con que enturbiarla para que la tarea de una ahincada estregadura se establezca inmediatamente».

Ajetreo incomparable

Al entrar en una de estas «estaciones acuáticas», «tropiézase con dos enormes pilas de piedra que se elevan sobre el suelo a comedida altura. Alrededor de ellas, podéis ver (sobre todo cerca de las horas en que, cuatro veces al día, se cambian los cien metros cúbicos de agua de los recipientes) a más de sesenta mujeres en ajetreo incomparable». Es un «ejército aguerrido», parte del cual ha llegado ya de madrugada «con la vasija de zinc repleta de ropa sobre la cabeza, coronando el cuerpo erguido», una «muchedumbre de mujeres de su casa o servidoras de la ajena» que se afanan en lavar la ropa y los trapos sucios (tómese en sentido amplio), que si algo «abunda siempre, es material para el lavatorio».

La escena parece resultado de una coreografía: «Enjabonar, zapatear, restregar, retorcer y tender la ropa blanca, en, contra, sobre y alrededor de las pilas». «¡Con qué fe, con qué varoniles arranques, dan restregones recios a calzones y enaguas, sábanas y calcetines, y los golpean, enérgicas, contra el bisel de las pilas, y los retuercen hasta exprimirles la última gota del líquido, ya lechoso! [...]. Después de desplegar las prendas, ascienden la doble escalera [...] para tender las ropas en el secadero, que ocupa el piso alto, ventilado constantemente, del edificio»

Para aliviar la faena, «en todas estas operaciones les acompaña el canto, mezclándose y venciendo el continuo y claro sonar del chapoteo». «Pero ¿no es cosa de pensar en salir de la rutina del lavadero tradicional, prehistórico, y procurar facilidades para el trabajo de las heroicas restauradoras de nuestra ropa blanca? Mientras los establecimientos de lavado a vapor no acaparen las prendas resudadas de la vecindad ni se encuentre en cada casa una lavadora mecánica [...], serán precisos los lavaderos».

Prendas sospechosas

De modo que lo más conveniente es mejorarlos. «¡Cuánto más higiénicos y cuán poco más costosos son esos otros lavaderos de pilas individuales [...] en que cada lavandera tiene su fregadero [...] y sobre él su jabonera, y debajo amplio lugar para el barreño de la ropa, como existen en varias ciudades de España!». Unas instalaciones en las que «no se mezclan las aguas del lavado de unas prendas sospechosas con las que enjugan otras piezas donde solo una leve trasudación ha dejado su huella [...]. Allí no puede haber luchas entre las compañeras de labor, por un ‘‘Arrechégate alá, que este é o meu sitio!’’, con los consiguientes escándalos e intervención del [...] municipal de servicio».

Un siglo después -los luengos años-, poco queda de los grandes templos de la colada. En 1908, la apertura de un «lavadero mecánico e higiénico» en A Coruña despertaba «la indiferencia y la desconfianza al planteamiento de toda nueva industria», pese a que «sería absurdo», se decía, pensar que haría «competencia al producto útil, harto mezquino, que obtienen las infelices mujeres que hoy se dedican a la penosa profesión de lavanderas». Por desgracia y por suerte, así era.

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